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“Los páramos y la agricultura no deberían ir de la mano, hay millones de tierras para cultivar, pero muy pocas zonas para el nacimiento del agua”, esa fue una frase de la joven activista Greta Thunberg en el Congreso Mundial el Agua en 2019.

Lo dicho tiene bastante sentido en países como Colombia, más si se tiene en cuenta que es el país que en su territorio tiene 50% de los páramos del mundo, y gracias a ellos, funcionan como sistemas naturales que además de biodiversidad tienen la tarea de controlar los nacimientos de agua, de hecho proveen 70% del líquido vital que hoy se consume a nivel local.

El problema es que según los reportes del Instituto Alexander Von Humboldt, que ha hecho seguimiento a la situación de los páramos, más de 16% de la extensión de los páramos ha sido intervenida con agricultura. “Y eso genera un choque de ecosistemas, el páramo entonces no puede cumplir con 100% de sus objetivos naturales, claramente hay un afectación”, agregó Hernando García Martínez, director del Instituto.

Para aclarar al detalle, los páramos se extienden por casi 3 millones de hectáreas, y hay evidencia de que 480.000 hectáreas han sido intervenidas con la frontera agrícola. Los cultivos que más daño han hecho por su intervención son los de papa, seguido de la cebolla.

La doctora en ciencias ambientales, Paula Ungar, también recordó que “los páramos del país han sido históricamente habitados, en muchos casos han sido ocupados como iniciativas del Estado o incluso, como el resultado de una larga historia de desplazamientos en el país; en los años 60, aún se pensaba que los páramos debían estar al servicio del sistema productivo. Por estas razones, debe entenderse que los campesinos no son los culpables de la situación actual de los páramos, sino que el problema es de todo el sistema productivo”.

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