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Adicionalmente, las condiciones que se prevé debido a las lluvias generan menos siembra de frutas, dando como resultado una menor producción de hortalizas y verduras que son cruciales en la canasta familiar de los bogotanos, sus alrededores y en algunas de las principales ciudades del país.

Si comenzamos a tener lluvias en las zonas donde se siembra la caña de azúcar, por ejemplo, esta comienza a pudrirse después de un tiempo de estar bajo el agua; es ahí donde no solo vemos un producto afectado, sino que después de un tiempo vamos a empezar a tener problemas con la producción de casi todos los alimentos. En otras palabras, el aumento en la humedad relativa en el ambiente y en el suelo genera propagación de enfermedades que afectan directamente la producción agrícola.

Por otro lado, al aumentar la intensidad de las lluvias, el suelo se va a volver fangoso o lleno de lodo, dificultando la adaptación del terreno y perjudicando la producción de alimentos, especialmente en algunas regiones del país.

Todo esto conlleva a que se van a tener unas necesidades adicionales en las zonas paperas, algodoneras y arroceras, debido a que estos productos no se podrán sembrar a tiempo, generando problemas a futuro. Otra dificultad se presenta para los exportadores en la época de invierno, especialmente para aquellos que se dedican al comercio de flores, cuyos cultivos se perjudican de la nubosidad alta y del aumento en la humedad relativa en el ambiente, causando reducción en la producción y aumento en el número de enfermedades con lo cual disminuye la productividad. Estos males también generan aumento de costos para el productor campesino, ya que debe aumentar su gasto en fertilización, manejo de canales y manejo de agro químicos para evitar mayores daños.

Ahora, si llegásemos a contar con un invierno tan fuerte como el de hace cuatro o cinco años, como lo presume el Ideam, el desabastecimiento podría ser mayor; pero si, al contrario, las lluvias no son tan fuertes como se espera, esto puede conllevar a un aumento en la productividad con lo que se evitaría una carestía en algunos de los productos.  

En conclusión, para mitigar los daños y prejuicios del invierno en el sector agrícola, en Colombia aún nos falta mucha preparación  y tela por cortar.

La experiencia nos dice que no estamos preparados para los cambios bruscos del clima y los cultivadores, por lo general, tampoco alistan bien sus terrenos para estos cambios, no cuentan con el drenaje suficiente en sus cultivos y tampoco el sistema de riego les funciona.

Gústenos o no, el impacto del cambio climático ya es una realidad y en los últimos 15 años sus efectos han sido más que evidentes, lo que nos exige una mayor preparación que implica una mejor recolección de aguas para el tiempo de sequía y una optimización de los sistemas de riego; mejor drenaje, calidad de diques y una óptima protección de los cultivos.

Si hoy estamos en ascuas es por culpa de la falta de planeación y conocimiento del agricultor y de su desconocimiento en los procesos de protección. Si no mejoramos y el invierno es tan fuerte como lo señalan los expertos, Colombia entraría en una emergencia alimentaria sin precedentes. Soldado advertido…

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