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Las cooperativas promueven importantes proyectos agroindustriales que benefician el desarrollo local y la estabilidad de la población campesina, también protegen al agricultor y evita su emigración a las ciudades.

En un documento de la FAO de 2012, que se publicó para celebrar el Día Mundial de la Alimentación, se hacía un especial reconocimiento a la función que cumplen las cooperativas en los programas de seguridad alimentaria. Se explicaba que éstas se convierten en empresas que, aparte de satisfacer las necesidades de sus asociados, también generan ganancias económicas y sociales que estimulan la participación, el compromiso, la disciplina y el trabajo de los cooperados.

Esta estructura es ideal para la organización de campesinos y productores rurales, generalmente dispersos, aislados y olvidados en las regiones colombianas. Muchos de ellos colonizaron las tierras cubiertas por una espesa selva, a punta de pala y machete, y en donde otros hicieron trueque o compraron las fincas colonizadas. Pero todos siguieron viviendo en condiciones de subsistencia y extrema pobreza.

Estos agricultores, tan poco tenidos en cuenta, son imprescindibles para el país. Aportan 70%  de la producción agrícola nacional, representada principalmente en productos que abastecen la canasta familiar. Son personas que están dentro de la categoría de economía campesina, que por herencia aprendieron a sembrar, cuidar y cosechar, pero no se educaron en el arte de hacer cuentas y calcular las pérdidas y ganancias, porque de lo contrario dejaban de sembrar y así el país estuviera importando muchos más alimentos.

Estos hombres, mujeres y niños viven en áreas rurales, donde las condiciones de vida son difíciles, la mano de obra es familiar, los costos de producción son altos, la infraestructura de vías y de servicios públicos son deficientes o simplemente no existen y los servicios agropecuarios como el crédito, no son utilizados como se esperaría.

La situación del campo requiere liderar un proceso de cambio y trabajar en una estrategia que beneficie a los campesinos. La bandera la deben llevar las asociaciones de productores existentes, porque éstas se estructuraron desde la base, con agricultores que son el eje que mueve el sector y que por su pertenencia son el motor para el empoderamiento y emprendimiento. También se requiere un replanteamiento de la planeación de estas agremiaciones, porque en algunos casos su misión es difusa; en otros, incumplen sus objetivos y, lo peor, están ligadas al vaivén politiquero del país.

No se puede seguir postergando la necesidad de trabajar en la organización campesina y en la creación y operatividad de cooperativas de productores, con el objetivo de fortalecer la producción agrícola nacional y proyectar la exportación. Estas organizaciones robustecen la unión de personas y de esfuerzos; facilitan la transferencia de tecnología, porque el trabajo se concentra en el grupo y no en el individuo; gracias a ellas, se pueden desarrollar proyectos de investigación participativa y pertinente, que atiendan y solucionen problemas reales de los procesos productivos y no particularidades y curiosidades científicas. Además, con ellas se adquiere objetividad y focalización en el crédito agropecuario, propiciando una economía de escala con una relación favorable al agricultor.

El cooperativismo rural no es nuevo y en Colombia se tienen ejemplos de éxito que ilustran estas ideas. Existen marcas de productos lácteos que hoy abastecen las cadenas de supermercados y que son el apoyo económico, técnico y social de los campesinos afiliados.

Por lo que no hay duda que apostarle a las cooperativas del sector rural es la mejor opción para generar progreso en el campo.

Autor:

Edgar Martínez 

Decano de la Facultad de Ingeniería de la Universidad UDCA

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