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Sin olvidar las dificultades por las que atravesamos por el intenso verano y los someros análisis hechos desde un escritorio en la prensa bogotana, tenemos que pensar en opciones para que la caficultura sea sostenible.

Nada más lesivo para el desarrollo de cualquier actividad productiva o comercial que negarse a cambiar el “status quo”; los modelos de negocios y hábitos de consumo han evolucionado y nuestra fincas, con muy pocas excepciones, siguen aferradas a modelos productivos de hace cincuenta años.

Nuestra labor se asemeja mucho al “Nuevo Colonialismo” donde pagan los productores, paga el consumidor y los que están en la mitad reciben de los dos. En esta zona de confort es difícil que los intermediarios y multinacionales quieran cambiar el orden establecido.

Lo grave del asunto es que tanto los productores, como nuestros representantes, no estamos entendiendo el fenómeno ni hacemos algo por cambiarlo. Cuestionar modelos y generar el lento proceso de evolucionar en las cosas, requiere conocimiento, paciencia y trabajo asociativo. Es difícil interactuar cuando el otro tiene el monopolio del capital y  las leyes, pero si no estamos dispuestos a que las cosas que nos preocupan cambien, todo seguirá igual en beneficio de los mismos de siempre. Pensamos que como esto es de todos y de nadie, alguien hará algo, pero si el colectivo no se mueve tengamos la seguridad de que nadie lo hará por nosotros. Nuestra democracia cafetera, muy representativa de las bases en los escenarios donde se toman las decisiones, es fácilmente manipulada por su limitada formación gremial y empresarial, más los vicios de nuestra idiosincrasia política aplicados allí.  

Lo más valioso que tenemos los cafeteros es nuestra institucionalidad, donde afortunadamente soplan vientos de cambio y receptividad a las inquietudes de los productores. Nuestra Federación debe diseñar el enfoque macro de la actividad, organizar productores con ofertas similares, definir estándares de calidad que aumenten la percepción de valor en el consumidor, aprovechar las denominaciones de origen (DO) y las indicaciones geográficas protegidas (IGP), diseñar una dinámica para que los esfuerzos colectivos vayan en una dirección y unas reglas de juego que permitan proteger la propiedad intelectual. 

Los tres frentes de Federación: Servicio de extensión, Cenicafé y comercialización, deben ser responsables de generar procesos de innovación dirigidos a obtener café de alta calidad, entendido como producto diferenciado del ‘commoditie’, con potencial para generar planes de negocio. Solo con gestión comercial se puede  capturar el valor generado por los productores y retornarlo a ellos con transparencia, generando mínimos costos de operación, poca burocracia  y tercerizando actividades.

Nuestras cooperativas, Expocafé y los representantes comerciales de Federación deben trabajar en abrir mercados nuevos, aprovechar el “boom” del café especial en el mundo y no limitarse a ser los acopiadores de especiales para multinacionales. Busquemos mercados que reconozcan el valor del café, hagamos con ellos negocios de relación, con origen y trazabilidad, que realmente sea comercio justo y directo.  En nuestra caficultura, el cambio, como una mejoría social no excluyente, debe cimentarse en la educación, en producción que especialice nuestra actividad, como única herramienta capaz de disminuir la desigualdad de ingresos y poder. Debemos ser la generación del cambio.

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