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El desarrollo, evolución y progreso de cualquier país y por supuesto del mundo, contaron y han contado con un elemento primordial, cuya ausencia determinaría un actual retraso en el progreso orbital, que sería incalculable.

Ese elemento fundamental, sinónimo de fuerza y progreso, de andar elegante y gracioso, poderoso y servicial, no es otro que el caballo.

Se encuentra incluso actualmente en cartelera la película “caballo de guerra” que señala la estrecha relación entre el hombre y este noble animal, hasta en las confrontaciones no pacíficas en el teatro de sus antiguas guerras.

El caballo, nadie lo puede negar, ha estado presente en todas las etapas de la evolución humana, y Colombia desde la llegada de Cristóbal Colón a nuestras tierras, no ha sido la excepción.

Que decir de su elegante y representativa fuerza y poder, que determina aún hoy en día su peremne importancia, al nomenclarse como “Caballos de fuerza”, todos los elementos o máquinas que mueven nuestra industria y el mundo en el que vivimos actualmente.

En nuestro país, el caballo sigue siendo herramienta fundamental en el trabajo y movilidad rural.

Acostumbrados a imitar el desarrollo de otros países, la hípica y la crianza de caballos PSI, que es motivo de orgullo internacional y prosperidad para Países como Inglaterra, Estados Unidos, Australia, Argentina y Brasil por nombrar solo unos pocos; Colombia ha sido contraria a la repetida y exitosa historia internacional; la que ahora y siempre, maltratada y olvidada, se derrumba y corroe en escenarios creados para su lucimiento y evolución, aunque algunos de nuestros potros siguen ganado incluso Pruebas importantes en el extranjero.

Tres escenarios importantes, el Hipódromo de los Andes en Chía, el Hipódromo de Yerbabuena en Palmira; y el Hipódromo de los Comuneros en Guarne, vacíos y abandonados por sus dueños y por el Estado, solo sirven como monumento histórico reprochable, de lo que pudo haber sido y no fue.

La mentalidad de que la hípica es un juego de “Azar” y no una industria, ha marcado una política reiterada de rechazo a la actividad, que aunque proscrita en su tierra, irónicamente es reconocida y cosecha triunfos continuos en el exterior.

Y qué decir de los galopantes impuestos que siempre gravaron su financiero ejercicio, haciendo demasiado gravoso y riesgoso económicamente para sus dueños, o sus socios, el sostenimiento de la actividad.

La sola mención económica de los 20.000 empleos que genera el Hipódromo Presidente Remón en Panamá, y los 27.000 el Hipódromo de Maroñas en Uruguay, hablan por si solos y a las claras, de la bondad Industrial y laboral del espectáculo hípico.

Sería innumerable la cantidad de actividades que incluye el desarrollo de la actividad Hípica, actores Colombianos muchos de ellos de las mismas, que debieron emigrar por la falta de oportunidades, pero que mantienen la fe y la esperanza en que la actividad y la atención Gubernamental, vuelvan sus ojos hacia esta olvidada, aunque siempre presente la importancia del Caballo.

Alguien escribió en días pasados en un foro hípico: “El romance entre el Hombre y el caballo, solo acabará, cuando desaparezcan de la faz de la tierra, o el hombre o el caballo”.

Actualmente le estamos insistiendo a nuestros distinguidos gobernantes para que no permitan que desaparezca la actividad hípica en Colombia, y más bien permitan que su inmensa convocatoria laboral, mantenga nuestro indicador de desempleo en un solo dígito, y se aumenten nuestras exportaciones.
Colombia necesita revivir su historia hípica, y qué mejor herramienta que los hipódromos.

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