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El etnoturismo ha impulsado el desarrollo económico y cultural en el Cauca

A través de seis estaciones vivenciales, el pueblo Misak en Silvia transforma el turismo en un aprendizaje cultural y sostenible
Jorge Luis Velasco Tunubala Natalia Albor Rojas
02 de julio de 2026
Tulampiya - "centro de palabreo"
Natalia Albor / LR

Los habitantes del municipio de Silvia, en el Cauca, han encontrado una entrada económica sostenible a través del etnoturismo. Esta propuesta, además de ser un apoyo fundamental para mantener su identidad social en el tiempo, se ha convertido en un potente atractivo para los viajeros, tanto nacionales como internacionales.

El Jardín Botánico Las Delicias, ubicado en la vereda San Fernando, es un espacio que lidera esta práctica de hacer turismo por medio del aprendizaje y realización de actividades de la comunidad, recibiendo mensualmente entre 500 y 800 turistas, en su mayoría extranjeros.

Más allá de ser tratados como simples visitantes, los viajeros pasan a vivir bajo las condiciones de una familia tradicional Misak, rompiendo los estigmas con los que son vistos los pueblos originarios y dando paso a un turismo consciente y responsable.

Natalia Albor / LR

Esta iniciativa no solo se ha convertido en el sustento económico de las 40 familias que hacen parte del proyecto, sino que también es una estrategia vital para promover la preservación y conservación de la cultura Misak a las nuevas generaciones. El proyecto actual es el resultado de un largo proceso de resistencia y recuperación de tierras que se remonta a 1.960 bajo el lema “Recuperar la tierra para recuperarlo todo”.

Lorenzo Tuñima, miembro y guía de la Asociación Jardín Botánico Las Delicias, relata que su abuelo Javier Calambas fundó la asociación en 1999 junto a los mayores de la comunidad y una antropóloga.

Aunque inicialmente operaron en el municipio de Inzá en una reserva de 75 hectáreas, los problemas de orden público los obligaron a desplazarse. Fue entre 2015 y 2016 cuando las nuevas generaciones reactivaron la asociación, uniendo los lotes familiares y consolidando el espacio actual en dos hectáreas y media.

Dentro del establecimiento se ofrece un portafolio de servicios que giran en torno al aprendizaje mutuo y horizontal, donde el propósito es enseñar los saberes ancestrales y, al mismo tiempo, aprender de las experiencias de quienes llegan de afuera. Para lograrlo, el lugar cuenta con seis espacios de atracción diseñados por los guías con el objetivo de dividir la visita según las estaciones de las actividades diarias y la cosmovisión del pueblo indígena, permitiendo que el viajero aporte directamente al trabajo cotidiano de la comunidad sin fragmentar su rutina.

Los valores que pueden tener estos recorridos, incluyendo el hospedaje, van desde $800.000 a $1.500.000. Sin embargo, estos costos pueden variar dependiendo del tipo de actividades que los turistas deseen realizar.

La experiencia inicia con la armonización espiritual, un ritual obligatorio de ingreso donde se pide permiso al territorio y a los ancestros para entrar en el espacio. Posteriormente, se pasa a la primera atracción llamada Tulambiya o Casa de Pensamiento, un espacio circular para "palabrear", que representa a la Madre Tierra como un ser vivo.

Su estructura imita la anatomía humana y familiar; la paja del techo es el cabello, las ventanas son los ojos, los cimientos de piedra son los pies y el fogón, que se encuentra en el centro es el corazón.

Las paredes de este espacio están decoradas con mándalas hechas de botellas de vidrio recicladas y orientadas a los cuatro puntos cardinales, una estrategia que, de acuerdo con Tumiña, no solo simboliza los elementos naturales, fuego, agua, tierra y viento; y el núcleo familiar, papá, mamá, hijo e hija; sino que genera conciencia ambiental interna sobre los residuos que entran al territorio.

Natalia Albor / LR

La experiencia continúa en los senderos ecológicos y zonas de árboles, un circuito natural donde se enseña sobre la conservación del bosque andino, plantas nativas de la zona, cuidado de la avifauna. Aquí, los visitantes también pueden participar en la preparación de la tierra, la siembra o la cosecha. Del mismo modo, se ha convertido en un lugar en el que el turismo científico ha logrado realizar investigaciones en beneficio de la comunidad.

Natalia Albor / LR
Natalia Albor / LR

Como tercer espacio se tiene la cabaña de actividades, donde se desarrollan los talleres de tejido tradicional en compañía de las mamás de la comunidad en todo el proceso artesanal, desde trasquilar el ovejo, lavar la lana y realizar el cardado. También se realizan actividades de alfarería, enseñando a niños el moldeado en barro e importancia de este arte para los Misak.

Cerca de este espacio está la Biotienda, donde se pueden adquirir los medicamentos, jarabes y pomadas creados a partir de las plantas propias del jardín, además de artesanías, semillas nativas y libros que hablan sobre la historia de la comunidad.

Natalia Albor / LR

Por último, el Jardín Botánico Las Delicias cuenta con un restaurante que ofrece en su menú los platos típicos de las gastronomía de la región, como el Kentu, la sopa de maíz tostado y la trucha, en dos diferentes presentaciones, frita y al horno.

Kentu - Maíz tostado y pulverizado
Natalia Albor / LR

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