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Mayo es el mes de las madres, un mes emblemático para reconocer a esa persona que como núcleo de la sociedad y de la familia recae la responsabilidad de sacar adelante a sus vástagos, cuidarlos y ser incondicional con ellos.

Sin duda, todo homenaje queda corto para las madres y con mayor razón se debe tener esa misma atención y cuidado con la madre y mujer del campo, sobre quien recae no solo mantener vivo un legado de tradiciones y sabidurías rurales, sino también la permanencia del trabajador del campo, del campesinado, como clase social responsable del sustento alimenticio y económico de Colombia.

Si la mujer y madre en la ciudad sufre de discriminaciones, la del campo es más vulnerable y expuesta. De acuerdo con el Censo 2018, casi 12 millones de personas laboran, viven y dependen del campo, una cifra baja si se considera que somos casi 50 millones de colombianos, pero significativa si tenemos en cuenta que sin campo no hay ciudad, por lo que descuidarlas sería un error con altos costos y consecuencias sociales, económicas y culturales difíciles de calcular.

Las mujeres campesinas representan el saber que, de generación en generación, se ha pasado al calor de un fogón de leña, de unos “tragos” recién calentados o de los cuentos de brujas, aparecidos y chismorreos veredales. Es en sus corazones y alrededor de los corredores y siembras circula el saber, leyendo las fases de la luna para sembrar, replican las mejores formas de recolectar los frutos o sacan de las plantas el poder de la naturaleza para quitar males del alma y del cuerpo. El campo es mujer, es madre, es sabia y como tal se le debe respetar, cuidar y fomentar. Ser campesina debería ser un oficio tan noble e importante para la sociedad como una cirujana cardiovascular, las profesoras del jardín infantil o una sensible poetisa.