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Pero esas grandes transformaciones no niegan una realidad de la que seguramente tendremos que lidiar por un largo tiempo y que nos obliga a ser cautos con las perspectivas de crecimiento, como consecuencia del comportamiento de la economía mundial, así como con los negocios.

En este proceso los grandes, medianos y pequeños empresarios del agro juegan un papel fundamental. No solo porque con productividad logran impactar en lo micro, sino porque son los llamados a impulsar con mayor ímpetu un sector que viene en lento desarrollo, pese a sus altos potenciales.

Los sectores productivos tienen el enorme reto de diseñar y estructurar modelos empresariales que les permita lograr mayores niveles de productividad, competitividad y rentabilidad a menor costo y mejores integraciones entre todos los productores sin importar su tamaño.

Es por eso que la asociatividad se convierte en el modelo eficiente para mejorar el acceso a nuevos mercados, lograr la formalización del trabajo y el desarrollo de capacidades empresariales. Si “asociamos” esta palabra con las exigencias del mundo actual, está claro que la actividad agraria debe buscar nuevas alternativas de organización empresarial para obtener un mayor crecimiento y desarrollo.

Es la globalización misma la que nos está llevando a animar al pequeño, mediano y grande productor y a la agroindustria a vincularse con la oferta de gran escala. Una integración que combine producción, diversificación y calidad, con un claro enfoque de competitividad.

Si se aplicara la asociatividad en todas las actividades, seguramente se haría un aporte inigualable a mejorar la calidad de vida de la población rural, elevando la productividad de los alimentos y mejorando el mecanismo de comercialización de los mismos, dándole capacidad de negociación, pues al tener grupos más organizados aumentan las posibilidades de participar en la dinámica comercial a través de la identificación de nuevos mercados.

Pero las relaciones asociativas no se resumen en la defensa de intereses colectivos, sino que van más allá de la función misma de la agricultura desde el ámbito empresarial, razón por la cual requiere el respaldo de actores tanto públicos como privados que le permitan alcanzar un verdadero valor agregado de los productos agropecuarios.

Sin duda hay que rescatar la asociación que opera con vocación de permanencia y espíritu empresarial, adecuadamente formalizada, que cumple con las normas ambientales, laborales y tributarias y que aprovecha las oportunidades de los acuerdos comerciales.

Definitivamente el desarrollo empresarial no puede ser ajeno al mundo rural; por el contrario, constituyen una respuesta estructural a la problemática del campo colombiano y un camino para la paz.

Este es un buen momento para entrar a evaluar los diferentes modelos existentes y hacer los ajustes que sean necesarios, tanto normativos como de política pública, y desarrollar modelos empresariales de gran impacto social, laboral y ambiental a fin de lograr valor y crecimiento para el campo colombiano.