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Los laureados defienden que existe una amplia evidencia científica sobre la seguridad de los transgénicos y que podrían ser una solución a diferentes problemas. 

En la carta hacen referencia al arroz dorado, cuya variedad genéticamente modificada produce naturalmente betacaroteno y tiene el potencial de reducir la carencia de vitamina A, que anualmente causa 250 millones de muertes en el mundo. Además, esta deficiencia es conocida por ser la principal causa de ceguera infantil a nivel mundial.

Valga aclarar que el arroz dorado no ha sido comercializado debido a los obstáculos que la misma ONG Greenpeace ha creado, entre ellos la destrucción de campos de experimentación donde científicos hacían sus pruebas.

Los premios Nobel resaltan que los cultivos genéticamente modificados son seguros, usan menos agroquímicos, preservan la biodiversidad, producen más sin extender la frontera agrícola y hacen un uso más sostenible de los recursos naturales como el agua y el suelo.

En respuesta a esta carta, Greenpeace puso en juicio a los premios Nobel y se atrevieron a alegar que los firmantes no tienen una “experiencia relevante”. No obstante, quienes lideraron la carta de los laureados son Sir Richard Roberts y el Dr. Phillip Sharp, dos premios Nobel que se encuentran entre los principales genetistas y biólogos moleculares del mundo. Además, los argumentos expuestos en la carta de los Nobel están basados en investigaciones publicadas y revisadas por pares científicos llevadas a  cabo durante 30 años.

Greenpeace es una organización que ha ganado fama y apoyo por sus creativas y emotivas campañas. Usa herramientas de marketing viral para llegar a su público con un mensaje impactante. Algo que muy difícilmente veremos en la comunidad científica, quienes principalmente se ciñen a entregar sus mensajes a través de artículos en revistas indexadas con un lenguaje técnico, y que aunque consta de argumentos sólidos y respaldados por la evidencia son difíciles de calar en el lenguaje cotidiano de la población.

Vivimos en una época donde todas las formas de conocimiento científico se enfrentan a una oposición organizada, y muchas veces agresiva, que hace varios años le declaró la guerra al consenso de los expertos. Hoy los científicos, con esta carta, piden en el fondo que las decisiones tanto individuales como políticas sean basadas en la evidencia científica; desde una visión racional y no emocional.

Basta ya de pseudociencia, modas o del cómodo desconocimiento que se opone e impide el avance de desarrollos significativos para el beneficio de la sociedad.