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Son muy comunes las referencias que se hacen, tanto en el ámbito nacional como internacional, respecto al potencial que tiene Colombia. Se habla de su privilegiada posición geográfica, disponibilidad de tierras para la producción agrícola, la existencia de fuentes de agua dulce, la  biodiversidad y gran riqueza en recursos naturales. La mayoría de atributos se encuentran presentes en las zonas rurales del país y su aprovechamiento, como también su deterioro, se ha dado principalmente por actividades productivas como la agricultura, la ganadería y la minería.

De tiempo atrás, el sector agropecuario ha tenido una gran importancia para la economía colombiana debido a su contribución al PIB; si bien el peso de la agricultura ha descendido en los últimos años, sigue siendo un sector estratégico para Colombia porque es clave en la generación de empleo rural, producción de alimentos y materias primas, y su aporte a las exportaciones, las cuales representan aproximadamente el 11% del total, con productos tradicionales como café, banano, flores y azúcar.  

El aporte de este sector se ha visto disminuido en parte por los conflictos internos que han azotado al país, los cuales han ocasionado desplazamientos de la población y el desarrollo de actividades ilícitas, en las que se hace un mal uso de los recursos naturales. Pero en un escenario de post-acuerdo que ponga fin al conflicto, debemos generar las condiciones para que este sector vuelva a tener un rol protagónico en la economía, y logremos territorios donde se generen beneficios, tanto para la población rural como para la urbana. Ya en las ciudades cada vez somos más conscientes de nuestra dependencia de los productos y servicios ambientales generados en la ruralidad.

Lo anterior obliga a repensarnos el sector agropecuario. Es necesario transformar la institucionalidad, marco jurídico, hacer uso de las nuevas tecnologías y brindar a las nuevas generaciones un campo con oportunidades que les permita sentir amor y orgullo de su tierra. Debemos asegurar la administración racional de los recursos y el desarrollo de actividades productivas con una visión empresarial que promueva el valor agregado en los productos locales para generar riqueza en el campo.  El norte de ese proceso comienza con el desarrollo de una agricultura moderna en donde se usen los avances de la tecnología para la sistematización de cultivos y su seguimiento en tiempo real, disminuyendo los riesgos asociados a la producción.  Es prioritario mejorar los sistemas de riego, para hacer un uso más eficiente del agua, minimizar el deterioro de suelos, proteger el medio ambiente y prepararnos para la producción en ambientes controlados para protegernos de los efectos del cambio climático. Así como propender por  la diversificación para evitar la dependencia en los ingresos y asegurar el abastecimiento de alimentos para la población.

Aplicar prácticas que favorezcan calidad e inocuidad. No podemos seguir produciendo para ver después quién puede comprar los productos; antes de producir se requiere establecer los requerimientos del mercado para ofrecer lo que se necesita, esto obliga a un monitoreo constante del entorno en general, definir tendencias y adaptar la producción a nuevas exigencias.

Hoy más que nunca dependemos de los jóvenes que quieren formarse para transformar el campo, esto implica un compromiso serio del sector productivo, academia e institucionalidad  para dar una cosecha admirable.

Claudia Patricia Álvarez Ochoa
Directora programa Administración de Agronegocios de la U. de La Salle

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