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Es bueno recordar que este proyecto de reforma es producto de las extensas recomendaciones de la Comisión de Expertos para la Equidad Tributaria, la cual entregó su trabajo hace casi un año. Una de las críticas que se hicieron al Gobierno es que guardó en el cajón dichas recomendaciones, con el fin de no afectar el transcurrir del acuerdo de paz y el resultado de las votaciones del plebiscito del 2 de octubre. Como quien dice un asunto de “timing”.

Mientras tanto las presiones sobre el Ministro de Hacienda no cesaban para que la presentara lo más pronto posible, pues se podía afectar la credibilidad de los mercados y de las agencias calificadoras de riesgo en nuestra economía. En otra orilla un columnista cercano al Gobierno, le sugería que para qué la reforma. Que el Presidente de la República no debería dejarse gobernar por las calificadoras. Que la reducción del déficit fiscal no debe ser una manía obsesiva. Que para qué someter al pueblo y a las empresas a un shock tributario.

Herejías las llamó. Que era mejor apartarse de la ortodoxia económica, de la teoría  convencional, para un momento nada convencional de la historia de Colombia. La reforma se presentó, como era obvio. Y a juzgar por lo que dijo uno de los miembros de la Comisión, el Gobierno recogió 70% de sus recomendaciones. Como quien dice la reforma no fue del todo estructural, o al menos lo fue en un 70%.

Acogió el alza del IVA del 16% al 19%, la unificación del impuesto de renta, la ampliación de la base tributaria para personas naturales, mayores tributos para los combustibles y cigarrillos y poner en cintura a las entidades sin ánimo de lucro- ESAL. También recogió otras sugerencias vinculadas a la salud pública como el impuesto a las bebidas azucaradas, el cual ha estado rodeado de polémicas y contradicciones, o el mono-tributo para los tenderos, duramente criticado por el gremio de los comerciantes.

Y menos mal el Gobierno no endosó todo lo que dijo la Comisión. Desde que salió el documento de los expertos recomendando la eliminación de la categoría de bien exento y proponiendo un gravamen del 5% para los bienes de la canasta básica como las carnes, el pescado, la leche y los huevos, Fenavi lideró de manera argumentada y temprana las manifestaciones en contra de esta propuesta.

Era una propuesta que hubiera afectado el ingreso y la capacidad de consumo de las clases con menores ingresos. Los cálculos de Fenavi, que fueron ampliamente divulgados en los medios de comunicación, mostraban un impacto del efecto de la reforma en los bolsillos de los consumidores de huevo y pollo de al menos $1 billón. Lo que implicaba tasas implícitas de IVA de 8,5% para huevo y de 6,2% para pollo. Ello hubiera implicado alzas en los precios de los dos productos por encima de la tasa de IVA del 5% propuesta, una mayor tasa de inflación en el primer año de vigencia de la reforma y una caída en el consumo.

Varios miembros de la comisión insistieron que los beneficios de la exención de IVA a algunos productos de la canasta beneficia a las clases de mayores ingresos. Personalmente, esta argumentación desde el principio me pareció muy chambona. A veces a los economistas nos gusta complejizar los argumentos a punta de modelos matemáticos que son incompresibles para la mayoría de lectores. 

Cabe preguntarse cómo va a beneficiar a los más ricos (quienes a su vez no son ni el 5% de la población) de Colombia una exención del IVA de unos productos que pesan menos del 5% en la destinación de su gasto, cuando estos mismos bienes pesan 10% para la población de ingresos bajos, es decir el doble, y poco más del 7% para la población de ingresos medios.

Falta ver cómo transcurre el pulso en el Congreso y dentro del mismo Gobierno. El Vicepresidente no quiere impuestos que afecten la VIS. Los liberales no quieren aumentos de IVA. Los conservadores no quieren más impuesto de renta para la clase media. La izquierda alzó la voz por los favorecimientos tributarios a las transnacionales. Lo que es claro es que esta reforma por dura que sea es necesaria.

Nadie se quiere montar en un bus tan impopular de cara a las elecciones de 2018, y con tanto candidato en el partidor presidencial y con unas duras negociaciones en comisiones y plenarias del Congreso, cabe preguntarse si esta será la última reforma tributaria que veremos los colombianos.

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