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Hoy, en Colombia y en el mundo hemos reconocido la necesidad que tenemos como seres humanos de hacer que nuestra permanencia en este planeta sea sostenible. Pero en la búsqueda de este objetivo no podemos olvidar cómo llegan los alimentos a nuestra mesa, cómo llegan a nosotros las prendas de vestir que nos dan abrigo, qué necesitamos para cocinar los alimentos, cómo nos transportamos en las ciudades y muchas otras actividades que son tan comunes, pero esenciales, y que simplemente las damos por sentadas porque siempre están presentes, desconociendo lo que tiene que pasar para disfrutarlas.

En algunos discursos que apelan a otros motivos más que a la razón, está haciendo carrera la idea de que la transición energética implica eliminar los hidrocarburos inmediatamente y como los conocemos en nuestras vidas. Estas ideas se identifican más con el concepto de ‘revolución’ y no con el de ‘transición’. La transición de la leña al carbón les tomó a los seres humanos algo menos de un siglo, la del carbón al petróleo cerca de otros 100 años, del petróleo al gas llevamos más de 50 años y ahora necesitamos hacer una transición hacia las fuentes de energía renovable.

Para esta última, Colombia ya tiene planes y compromisos serios con el objetivo de neutralizar las emisiones de carbono y alcanzar las cero emisiones netas a 2050. Todos estos planes y compromisos reconocen el papel de los hidrocarburos en nuestra vida al menos en tres de sus dimensiones: en nuestras tareas diarias más simples, en la sostenibilidad económica de Colombia y en la obligación que tenemos de asegurar nuestra presencia en este planeta de forma sostenible.

Podemos empezar por lo básico. En Colombia hay 10,6 millones de familias que utilizan el gas combustible en sus hogares para realizar diferentes tareas diarias. Además, ciudades como Bogotá, Cartagena, Medellín, Cali y Barranquilla cuentan con flotas de buses impulsados por gas natural para transportar a sus habitantes. Los hidrocarburos son fundamentales para nuestra economía: representan 2,8% del PIB de Colombia, más de 3,9% de los ingresos corrientes de la Nación y 13,7% del total de la Inversión Extranjera Directa. Estas cifras las deben conocer y entender quienes reclaman una respuesta más amplia del Estado para la atención de los problemas de los ciudadanos. También, deben reconocer que, gracias a los recursos de las regalías del sector minero energético, desde agosto de 2018 se han invertido más $25,3 billones en las regiones para mejorar la calidad de vida de las familias colombianas.

Finalmente, la industria de hidrocarburos también ha rescatado su papel en la sostenibilidad del planeta y en un futuro de cero emisiones netas. En este sentido, vemos como Ecopetrol, la empresa más grande de energía y de todos los colombianos, ha adelantado acciones con pasos firmes. Hoy es el mayor autogenerador solar del país y en 2023 espera alcanzar los 400 MW de capacidad en energías renovables no convencionales. Además, avanza en estudios sobre otras energías renovables como el hidrógeno verde, energía eólica y geotermia. Imaginemos por tan solo un instante que detenemos la exploración y producción de hidrocarburos en Colombia. Nuestras actividades diarias y nuestra calidad de vida tendrían una desmejora, nuestra economía y la respuesta del Estado para la atención que requieren muchos colombianos no llegaría y las metas de sostenibilidad y carbono neutralidad se verían comprometidas. El papel de los hidrocarburos en la transición es fundamental, no solo para que el proceso sea ordenado y acorde con los compromisos que hemos adquirido, sino también para que el proceso sea equitativo con todos los ciudadanos.

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