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Estudio de la U. Nacional advierte que el Niño favorece epidemias como la malaria

El progreso global contra la malaria se estanca mientras el clima y la desigualdad reactivan epidemias en regiones vulnerables
Natalia Albor Rojas
01 de abril de 2026
Academia Nacional de Medicina de Colombia

El fenómeno de El Niño se ha consolidado como un factor determinante en la propagación de Malaria en el país, actuando no solo como evento climático sino como un factor de riesgo epidemiológico que desafía las estrategias de salud pública.

Aunque este fenómeno se asocia globalmente con el calentamiento de las aguas del Océano Pacífico y alteraciones en los patrones de lluvia, en el territorio nacional este impacto se traduce en condiciones óptimas para el ciclo del mosquito Anopheles.

El aumento de la temperatura acelera la reproducción del mosquito y hace que el parásito crezca más rápido dentro de él. Pese a que se sabe que a nivel mundial el clima afecta la salud, es nuestro país la relación es tan directa que las alarmas rurales se encienden inmediatamente.

Diversos estudios realizados por instituciones como la Universidad Nacional de Colombia han analizado décadas de datos climáticos y de salud para demostrar que, el aumento de casos no es una coincidencia. Estas investigaciones han permitido identificar que el riesgo se dispara incluso antes de que El Niño llegue a su punto máximo, ofreciendo una ventana de oportunidad para actuar.

Sin embargo, aunque la comunidad científica ha documentado rigurosamente la correlación que existe entre las fases cálidas de este fenómeno y el aumento exponencial de casos, las respuesta institucional sigue siendo muy lenta. Muchas veces se toma acción cuando los hospitales se encuentran llenos, en lugar de usar medidas preventivas como toldillos o fumigar antes de que empiecen las fiebres.

Este desafío se enmarca en una crisis global que sigue siendo preocupante. Según el Reporte Mundial de Malaria 2025 de la OMS, durante el año 2024 se registraron cerca de 282 millones de casos y más de 610.000 muertes en 80 países donde la enfermedad no da tregua. Es cierto que desde el año 2000 se han logrado avances enormes, salvando unos 14 millones de vidas y evitando miles de millones de contagios gracias a mejores diagnósticos y tratamientos; sin embargo, ese progreso se ha frenado recientemente.

Además de la variabilidad climática, a este aumento de casos se suman los conflictos armados, la debilidad de los sistemas de salud y las desigualdades sociales, factores que han hecho que la malaria vuelva a crecer en varias regiones. Aunque África concentra la gran mayoría de las muertes, en América el problema persiste. En 2024 se reportaron unos 663.000 casos en el continente, donde Venezuela, Brasil y Colombia concentran más de 75% de todos los reportes.

En regiones críticas como el Chocó, el Pacífico o el Urabá, la falta de agua hace que los ríos bajen y dejen pozos estancados, creando el criadero perfecto para los mosquitos. Esta mezcla de clima extremo y pobreza empuja a las comunidades hacia epidemias que podrían evitarse si dejáramos de ver la malaria solo como un problema médico y empezáramos a tratarla también como un desafío ambiental.

 

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