Comentarios Emerson Aguirre

El precio oculto del banano sostenible

23 de septiembre de 2026
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Hay palabras que, de tanto repetirse, corren el riesgo de perder su significado. Sostenibilidad es una de ellas. Aparece en etiquetas, auditorías, compromisos corporativos y declaraciones internacionales. Sin embargo, su sentido más elemental suele quedar relegado: sostenible es aquello que puede mantenerse en el tiempo.

Esta precisión importa para la agroindustria bananera colombiana. Un cultivo no es sostenible únicamente porque cumple una lista creciente de requisitos ambientales y sociales. También debe tener la capacidad económica para continuar produciendo, conservar el empleo, invertir en sus trabajadores y generar bienestar en los territorios donde opera. Si esa base se debilita, la sostenibilidad corre el riesgo de convertirse en una promesa impecable en el papel, pero imposible de financiar en el campo.

El banano colombiano cerró 2025 con más de 133 millones de cajas exportadas, cerca de 2,5 millones de toneladas y ventas por US$1.309 millones. Son cifras importantes, pero pueden conducir a una lectura incompleta. Exportar más no significa necesariamente estar mejor. Una actividad puede aumentar sus ventas y, al mismo tiempo, perder capacidad para sostener sus inversiones si los costos crecen, los precios permanecen estancados y sus ingresos pierden valor al convertirse a la moneda local.

Eso es precisamente lo que ocurre hoy. La revaluación del peso reduce los ingresos que reciben los productores por una fruta comercializada en dólares, mientras buena parte de sus costos laborales y productivos se mantiene en pesos. A esta presión se suman el encarecimiento de la producción, las lluvias intensas, los cambios abruptos en los patrones climáticos y una productividad cada vez más expuesta a fenómenos que el agricultor no controla.

El banano parece condenado a una extraña excepción económica: se espera que cumpla cada vez más exigencias, asuma mayores riesgos y realice nuevas inversiones, pero que su precio permanezca prácticamente inmóvil. Pocas actividades podrían sostener indefinidamente una ecuación semejante.

El cambio climático hace todavía más evidente esta contradicción. No es una amenaza abstracta para el futuro, sino una variable que ya modifica los ciclos productivos, aumenta la vulnerabilidad de las plantaciones y obliga a invertir más para producir con eficiencia. Adaptarse requiere tecnología, infraestructura, conocimiento y recursos. Pero cuando los márgenes se estrechan, lo primero que se compromete es precisamente la capacidad de adaptación.

A esta realidad se añade una arquitectura de certificaciones construida con buenas intenciones, pero no siempre con suficiente coordinación. El sector bananero colombiano no propone rebajar las exigencias ambientales, laborales o sociales. Hacerlo desconocería el camino recorrido y afectaría la confianza construida con los mercados. Lo que plantea es algo más sensato: armonizar criterios, reducir trámites redundantes y conseguir que la inversión destinada al cumplimiento genere transformaciones reales.

Detrás de esta discusión aparentemente técnica existe una realidad profundamente humana. La agroindustria bananera genera más de 200.000 empleos formales y sostiene buena parte de la vida económica de regiones como Urabá y Magdalena.

El banano, por tanto, no es simplemente una fruta de exportación. Es parte de la arquitectura social de territorios que han encontrado en la actividad productiva una fuente de estabilidad, formalización y desarrollo. Cuando se deteriora la rentabilidad de una finca, la consecuencia no se limita a sus estados financieros. Se extiende al empleo, al comercio local, a las familias y a la capacidad de las comunidades para construir futuro.

También debe reconocerse el valor del modelo laboral que se ha consolidado. En Urabá, más del 90% de los trabajadores del sector están sindicalizados. La agroindustria ha construido una tradición de negociación basada en el diálogo social y continúa avanzando frente a estándares internacionales de salario digno. Estas condiciones no surgieron de manera espontánea ni pueden darse por garantizadas. Dependen de empresas productivas capaces de sostenerlas.

Aquí aparece el verdadero sentido de la corresponsabilidad. No se trata de transferir dificultades ni de solicitar concesiones. Se trata de reconocer que las aspiraciones de sostenibilidad de los mercados internacionales tienen un costo y que no es económicamente inteligente concentrarlo en el primer eslabón de la cadena.

No existe oposición entre sostenibilidad y rentabilidad. La segunda es una condición para la primera. Sin viabilidad económica no habrá recursos suficientes para responder al clima, innovar, proteger el empleo o elevar los estándares. Y sin esos elementos, la promesa de una cadena sostenible terminará vacía de contenido.

La discusión sobre el futuro del banano no debería reducirse a cuánto cuesta una caja en el supermercado. La pregunta verdaderamente importante es qué debe ocurrir para que esa caja siga representando trabajo digno, inversión, protección ambiental y desarrollo territorial. Porque la sostenibilidad no comienza con un sello.

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