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Oportunidades de desarrollo en el sector agropecuario

13 de mayo de 2026
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Colombia tiene condiciones productivas para avanzar hacia una mayor autosuficiencia alimentaria e incluso generar excedentes exportables. Sin embargo, la realidad actual muestra que el país debe importar cerca de 10 millones de toneladas de granos al año para sostener la producción de más de 3,4 millones de toneladas de proteína animal destinadas al consumo interno. Esto implica destinar más de US$2.600 millones anuales en divisas, recursos que podrían orientarse en mayor medida a fortalecer la producción nacional y dinamizar el desarrollo rural.

Frente a este panorama surge una pregunta clave para el futuro del sector agropecuario: ¿debemos entender esta realidad como una amenaza o como una oportunidad?

Si se interpreta como una amenaza, la respuesta más inmediata será cerrar fronteras o reforzar esquemas de protección para sustituir importaciones de manera forzada. Sin embargo, esa ruta ya fue recorrida por Colombia. Hasta comienzos de los años noventa, el país restringía la importación de granos bajo la premisa de alcanzar la autosuficiencia en cereales. El resultado fue un rezago importante en la oferta de proteína animal, especialmente en productos como el huevo y la carne de pollo.

Posteriormente se implementaron mecanismos de protección relativa, como el Sistema Andino de Franjas de Precios y las políticas de absorción de cosechas. Aun así, el déficit de materias primas continuó creciendo, mientras la oferta de proteína animal logró cerrar brechas de abastecimiento para responder a una demanda cada vez mayor de los consumidores colombianos.

La experiencia dejó una lección clara: mientras sectores como el avícola avanzaron de manera decidida en competitividad, eficiencia y productividad, ese mismo progreso no se reflejó con igual intensidad en cereales y oleaginosas.

Los resultados del sector avícola lo demuestran. En producción de huevo, se pasó de menos de 180 unidades por ave alojada en los años noventa a más de 360 en la actualidad. En pollo, la conversión alimenticia mejoró de más de 2,4 kilos de alimento por kilo producido a menos de 1,5 kilos. En contraste, la producción nacional de maíz aún está lejos de alcanzar los niveles de productividad por hectárea registrados en países como Estados Unidos, Brasil o Argentina.

Pero si esta realidad se entiende como una oportunidad, la historia puede ser distinta. Colombia tiene la posibilidad de consolidar una estrategia de sustitución competitiva de importaciones, basada no en restricciones artificiales, sino en productividad, inversión y visión de largo plazo. Precisamente para cerrar estas brechas y pasar a la oportunidad, nos hemos unido en la iniciativa ‘Maíz fuerte, país fuerte’, un espacio donde el sector agropecuario converge para impulsar la productividad que el campo requiere.

El país cuenta con capital, conocimiento técnico y empresarios dispuestos a apostarle al desarrollo agropecuario. Lo que aún hace falta es generar las condiciones necesarias para que esas apuestas puedan materializarse con mayor velocidad y confianza.

Eso implica garantizar bienes públicos para el desarrollo rural, avanzar en la solución de los conflictos sobre la propiedad de la tierra, ampliar líneas especiales de crédito y ofrecer mayor seguridad jurídica para respaldar inversiones de largo plazo.

Resolver estos desafíos tomará tiempo, incluso años. Pero eso no puede convertirse en una excusa para frenar el desarrollo productivo del país ni para postergar decisiones que hoy son urgentes.

Más que discutir entre protección o apertura, el verdadero desafío está en construir las condiciones para que Colombia produzca más y mejor. La oportunidad no está en cerrar la economía, sino en cerrar brechas de competitividad para que el campo colombiano pueda crecer, abastecer al país y convertirse en un verdadero motor de desarrollo.

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