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Mario Gómez Caballero monta estos animales desde antes de caminar, pero de “conciencia”-agrega- comenzó a criar su primer equino en 1956. Era una yegua regalada por un tío suyo, cuando un caballo mató a su primo hermano, un año menor que él. Ahí empezó una relación inseparable con los equinos que la inició como criador cuando tenía 11 años. Hoy tiene 68. “Lo mío es una enfermedad crónica equina”, dice.

Gómez, es el propietario, con sus hijos, de El Moro, su criadero, cuyo nombre lo sacó de la novela de José Manuel Marroquín, que narra la historia de un caballo, y que leyó y releyó cuando era niño. Una muestra más de que muy pocas cosas en la vida de este químico puro bogotano con corazón paisa, no tienen que ver con el mundo de los caballos.

Aunque su criadero hoy lo tiene más por gusto y pasión que por negocio, no puede dejar de hablar, sacando pecho, que aún tiene una yegua que ajusta la octava generación produciendo caballos ganadores en competencias en pista.

Su experiencia le permite señalar con claridad un asunto que lo considera como norma, cuando de conformar un criadero se trata: “Lo primero es tener pasión por lo que se hace”.

Y ahí está la clave. “El rédito, si llega, bien, pero no puede ser el fin principal, porque si uno pone el lucro por encima, lo mejor que sale termina vendiéndose y se va quedando con lo regular. Lo bueno no se vende”, sostiene.

Gómez señala que un buen caballo se saca por la importancia de las madres. “Si no se parte de una madre sobresaliente está perdiendo la plata. La hija por la mama y en genética uno más uno no suma dos”, agrega.

Es por ello que cuando le nace un crío, si es macho sale de él, pero si es potranca la reserva. “Una yegua no tiene precio para mí. Cuando tengo un animal de esos busco un reproductor digno para ella que la complemente.

Esto es que sume cualidades y que de pronto tenga algo que a la yegua a mi gusto le falte”, indica. Le gusta los caballos trotones, pero su especialidad son los de paso fino. Es tal vez uno de los caballistas que más conoce este andar en el país.

Ya perdió la cuenta de cuántos equinos ganadores en diversas ferias han salido de la genética de su criadero, pero sí recuerda con claridad que en 1978, crío, asesoró o fabricó, 10 de los campeones de una Feria Nacional de Estados Unidos. “Fue un año culminante”, dice.

Gómez crió un caballo famoso llamado Florete del Moro, luego fabricó a Cosmos y de ese equino sacó cuatro campeones mundiales en paso fino. Y aunque dice que no acostumbra vender las buenas yeguas, en ese ir y venir caballista vendió una para Estados Unidos, hermana de Florete, que produjo tres campeones mundiales. Sin embargo, no se olvida de Confidente.

“Él me hizo la raza”, señala. Confiesa que llora cuando entierra sus buenos caballos.

“Un buen criadero arranca en la genética, continua con la crianza y el real negocio está en la venta. Tristemente en el país hay un montón de criadores baloteros, que buscan que les salga un caballo espectacular para venderlo a alguien que le sobre la plata y se lo superpague. Pero no hay pasión”.

Las claves
- Un buen caballo se saca por la importancia de su madre.
- La pasión por lo que se hace es un punto clave en los criaderos.
- El fin principal no debe ser el lucro, sino el gusto por los equinos.

La calidad ha subido y también los precios
El criador Germán Vélez, también la tiene clara. “Para tener un buen criadero de caballo criollo no basta con ser aficionado. Hay que ser apasionado. Acostarse pensando en caballos y levantarse pensando en ellos”, señala.

Esta es una de las claves que da Vélez para tener un buen criadero. Las otras pasan por descartar los animales que no sean élites, tener las mejores yeguas y buscar los mejores reproductores. Agrega que el nivel en las competencias es cada vez de más alto y obtener una cinta no es fácil. Pero también dice que los precios han subido. “Hace 40 años se necesitaban dos yeguas élites para comprar un carro normal. Hoy con una se compran 4 carros de buena gama”. dijo.

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