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Cuenta Luis Alfonso Makiu, lanchero y pescador en el río Cocorná Sur hace 40 años, que cuando inició su labor, en las playas de este afluente del Magdalena se veían más tortugas que arena: “sin exagerar, eran miles y miles, una encima de otra”, dice y agrega que lo entristece la escasez actual, cuando verlas es prácticamente un milagro.

El río Cocorná Sur, que atraviesa una amplia zona del valle del Magdalena Medio, es un afluente de gran riqueza natural. Peces, nutrias y tortugas comparten espacio en sus aguas en una lucha por sobrevivir y en la que las tortugas llevan la peor parte. Dice Luis Alfonso que nada lo pone tan triste como ver en las charcas centenares de caparazones de tortugas víctimas de las nutrias que, para alimentarse, las sacan del río, se las llevan a la playa y allí les arrancan sus cabezas y sus patas para devorarlas.

Asegura haber salvado más de mil, pues cuando ve sus huevos en la playa, expuestos al peligro, los coge y los lleva al Centro de Conservación y Protección de la Tortuga de Río, en el corregimiento Estación Cocorná (Puerto Triunfo), donde los reciben, los ponen a incubar y, luego, ya convertidos en tortugas, los liberan en el afluente.

Protegerlas y preservarlas
Isabel Romero Jerez es la coordinadora del Centro de Conservación de la Tortuga, coloquialmente llamado Tortugario, un museo con aula ambiental, piscinas de tortugas e incubadoras de huevos, un espacio querido y respetado en Estación Cocorná, un caserío habitado por más de 1.500 personas que viven del cultivo de limoncillo de Castilla, la ganadería, la pesca y el turismo de naturaleza.

Isabel cuenta que el drama de las tortugas es tan fuerte, que además de las nutrias, los humanos las convirtieron en manjar por sus huevos (les atribuyen poderes afrodisiacos) y por su carne. Quienes las capturan para comerlas, las echan vivas en agua caliente sometiéndolas a una muerte dolorosa, recalca.

“Viendo que es una especie tan importante para el ecosistema y todo lo que lucha para sobrevivir, en 2010 iniciamos la construcción del Tortugario. Con apoyo de Cornare y otras entidades le hemos hecho muchas mejoras y hoy es un espacio único en Antioquia para proteger a esta especie, que es endémica de Colombia y está en peligro de extinción”, señala.

En efecto, la tortuga de río (conocida como Podocnemis lewyana) es una especie de agua de la familia Podocnemididae que habita en los ríos Magdalena, Cauca, Sinú y San Jorge.

David Echeverri, biólogo especializado de Bosques y Biodiversidad de la corporación ambiental Cornare, advierte que la amenaza sobre esta especie es cada vez mayor, pues los humanos siguen consumiendo su carne y sus huevos. Pero hay otro riesgo: los traficantes de fauna silvestre, que en época de Semana Santa activan su captura para venderlas a los viajeros.

Lo peor es que en Antioquia no hay planes especiales para su protección aparte del Tortugario de la Estación Cocorná: “En los once años que llevo en Cornare nunca las había visto en su hábitat natural, en las playas del río asoleándose”, afirma Echeverri.

Y es que el río Cocorná Sur es un afluente con playas a lo largo de su recorrido, lo que facilita la puesta de los huevos por las tortugas. Lo bordea un bosque natural en el que se observan monos moverse entre las copas de los árboles.

Desde niños se aprende
Cuenta Isabel Romero que desde 2010 hasta 2018, en la cuenca del Cocorná Sur y otros ecosistemas naturales, su entidad ha liberado 6.566 tortugas.

“Para nosotros es fundamental la educación. Acá a los niños se les enseña la importancia de esta especie y ellos aprendieron a amarlas”, dice.

Y cuenta una anécdota: “este es un lugar de turismo natural, y hace poco unos turistas se iban a llevar unas tortuguitas, pero varios niños se les pararon de frente y les dijeron que no se las podían llevar, y tuvieron que entregárselas”.

Este centro es de los pocos del país dedicados a la protección de la tortuga de río, además de los situados en Caño Viejo (Lorica) y la Fundación Museo del Mar (Santa Marta).

Corantioquia, con jurisdicción en 80 municipios, dice que no tiene un programa específico para esta especie. Por ser fauna silvestre, está incluida en la ruta general de atención y protección de todas las especies. Incluso, en las ciénagas del Magdalena Medio, esta entidad ha hecho liberaciones de tortugas incautadas o entregadas por tenedores caseros.

A nivel nacional, el Ministerio del Medio Ambiente y el Instituto Alexánder Von Humboldt, con apoyo de universidades, Ong y la Asociación Colombiana de Herpetología, adelanta el Plan Estratégico de Conservación para las Tortugas Continentales de Colombia, con metas trazadas al 2020 en su fase II.

El interés por protegerla surgió en 2002, ya que en Colombia hay 32 especies (5 marinas y 27 continentales), agrupadas en nueve familias y 16 géneros. El país ocupa el 7° lugar en el mundo en cuanto a riqueza de tortugas, pero según el Libro Rojo de Reptiles de Colombia (Castaño-Mora, 2002), 40,7% de las especies tienen alguna categoría de amenaza, entre estas la lewyana.

Volver a su medio natural
El Colombiano asistió a la playa de Costa Rica, a media hora del casco urbano de Estación Cocorná, a la liberación de 100 individuos de la especie, que puede alcanzar hasta 80 años de vida (en el Tortugario hay un ejemplar hembra de 60 años que fue llevada allí tras sufrir un accidente en una explotación minera en El Bagre).

Las liberadas fueron especies de pocos meses. La liberación se hizo en el marco de la semana por la sostenibilidad de Ciclo 7, iniciativa liderada por Portafolio Verde que aglutina a comunidades de toda Iberoamérica en torno a temas ambientales.

Óscar Saavedra, ejecutivo de Portafolio Verde, señala que devolver las tortugas a su hábitat es “enviar un mensaje para que las personas entiendan que estos animales no son mascotas sino una especie silvestre fundamental para el ecosistema”.

Las tortugas, tras ser puestas delicadamente en la arena, a cinco metros del agua, se lanzaron presurosas al río, olvidando que son animales de andar lento. Había una razón: regresaban a su medio natural, un río limpio, con vida, que la comunidad protege con esmero.

El tiempo dirá si ha valido la pena, cuando en la cuenca cada vez se vean más tortugas nadando o poniendo huevos en la playa. No llevaban GPS para hacerles seguimiento. Los pobladores confían en que muchas se salvarán de las nutrias, los pescadores y los traficantes y un día volverán a verse por miles en las riberas del Cocorná Sur, en el Valle del Magdalena, de donde nunca deberían sacarlas .

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