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La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura define a los cultivos transgénicos como aquellos obtenidos de un organismo al que le han incorporado genes de otro, para producir una característica deseada, como color, sabor o resistencia.

El primer alimento de este tipo fue el tomate Flavr Savr que se empezó a comercializar en 1994 en Estados Unidos. Desde entonces, los agricultores han apostado por estos y debido al cambio climático y la necesidad de garantizar la seguridad alimentaria, han ganado terreno cada año.

En un estudio publicado recientemente por la revista GM Crops & Food, realizado por Graham Brookes, se dio a conocer el avance de este tipo de cultivos en el país en 15 años (2003-2018). Como resultado se obtuvo que las hectáreas sembradas pasaron de 6.183 en 2003 a 88.117 en 2018, es decir, un crecimiento de 1.324%.

Si bien el estudio se centra en 15 años, si se hace la operación a 2019, año en que se registraron 100.256 hectáreas sembradas, el aumento es de 1.520%. Así las cosas, el crecimiento de transgénicos en el país ha sido en promedio 95% cada año.

El estudio también indicó que el acumulado de hectáreas sembradas en tres lustros fue de 1,07 millones, con agricultores que se han beneficiado en un aumento de ingresos de US$301,7 millones.

La investigación demostró que por cada dólar invertido en semilla transgénica el agricultor recibió un retorno de US$3,09 por cultivo de algodón y US$5,25 por cultivo de maíz.

Esto es equivalente a una ganancia promedio de ingresos de US$294/ha por año para el maíz apilado y de US$358/ha para el algodón apilado.
Los tres departamentos que lideran la siembra de cultivos con esta tecnología son el Meta con 28.655 hectáreas, Tolima con 24.950 hectáreas y Córdoba con 18.537 hectáreas (algodón y maíz). En total son 21 territorios que le apuestan al uso de semillas mejoradas.

María Andrea Uscátegui, directora ejecutiva de Agro-Bio, expresó que la pandemia evidenció lo importante que es contar con lo básico, que son nuestros alimentos, fibras y energía.

“Así como nosotros estamos en pandemia por un virus, los cultivos también son constantemente afectados por plagas. Por ejemplo, tenemos el banano en cuarentena por el hongo Fusarium RT4 y los cítricos perdiéndose por la enfermedad bacteriana del dragón amarillo, y así muchos otros. Es muy probable porque ya hay importantes avances, que la transgénesis pueda ofrecer soluciones a muchos de estos desafíos del sector agrícola”, manifestó.

Debido a su resistencia, los transgénicos también tienen un efecto positivo en el medio ambiente, pues requieren de menos agua y químicos. Estos cultivos ayudan al agricultor a hacer un mejor uso de plaguicidas, pues reducen el impacto asociado al uso de insecticidas y herbicidas en 26%. “Los resultados demostraron que los cultivos transgénicos son más rentables, comparado con los convencionales. Durante 2003 a 2018 se logró un 17% más de rendimiento en el cultivo de maíz GM y 30% más en el del algodón GM”, señaló el estudio.

El Instituto Colombiano Agropecuario (ICA) autorizó en septiembre del año pasado la siembra de la primera semilla transgénica de maíz hecha en laboratorios del país.

La investigación y el desarrollo de los híbridos de maíz comenzaron a hacerse desde comienzos de 2014 y estuvieron a cargo del Centro de Investigación de la Cadena Agroalimentaria de Cereales y Leguminosas (Cenicel), el grupo de Ingeniería Genética de Plantas de la Universidad Nacional de Colombia y el Fondo Nacional Cerealista (FNC).

Las siembras del transgénico iniciaron en las regiones Caribe húmedo, en los valles de los ríos Cauca y Magdalena, así como en la Orinoquia y la zona Cafetera, con altitudes entre los 1.200 metros a 1.800 metros sobre el nivel del mar.

Si bien los transgénicos traen beneficios, hay varios detractores de su uso en el territorio nacional. La Red de Semillas Libres de Colombia publicó un artículo llamado “Contaminación genética del maíz en Colombia”, que trata sobre el impacto del maíz genéticamente modificado sobre la diversidad de maíces criollos y sobre el sistema de semillas certificadas.

“Una de las mayores preocupaciones que tienen las pueblos étnicos y comunidades campesinas de Colombia frente a los cultivos transgénicos es lo qué sucederá con la enorme biodiversidad de especies y variedades de semillas criollas y nativas que conservan las comunidades en sus territorios, cuando se crucen los cultivos locales con los cultivos transgénicos y ocurra lo que se ha denominado como la contaminación genética”, establece el documento.

El debate está abierto e incluso avanza un proyecto de acto legislativo para prohibir su uso. Mientras se define, son varios los centros de investigación y universidades que utilizan la transgénesis para obtener cultivos con resistencia a plagas, así como resiliencia a estrés abiótico, o que ofrezcan un valor agregado para la industria o consumidor. Por ahora algodón y maíz están autorizados.

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