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El dilema de la producción alimentaria y protección ambiental es el reto que Nelson Orrego y yo planteamos en el libro “Agro Amigable con el Medio Ambiente”, en el que proponemos crear comunidades de lectura, estudio y discusión entre lectores, autores y docentes.

Con prólogo de Eduardo Aldana Valdés, exrector de la Universidad de Los Andes; M. Sc. de la Universidad de Illinois; Ph.D. del Massachusetts Institute of Technology MIT; exdirector de Colciencias; actualmente miembro de los consejos superiores de las universidades de Los Andes e Ibagué, se entregó al público esta otra visión del mundo rural.

La introducción nos sumerge en las inexorables estadísticas que desnudan la realidad rural de Colombia mostrando, con datos FAO y Dane, rendimientos extremadamente bajos que inciden en el medio ambiente por mayor uso de suelos y recursos hídricos y que repercuten en lo económico y social por los elevados costos derivados de los bajos rendimientos.

La primera parte, entre las páginas 14 y 32, presenta los resultados de las fincas-escuela que se implementaron con la Fundación Suiza de Cooperación para el Desarrollo Técnico y la Corporación Andina de Fomento (CAF). Los resultados son asombrosos pero reales y perfectamente documentados.

El alma y el corazón de este libro es la protección y uso adecuado de los recursos naturales en la producción alimentaria, orientándola a mejorar la productividad priorizando el conocimiento para evitar plagas y enfermedades, en lugar del modelo que ha intentado combatirlas.

Sí, es posible pasar de la agricultura de pérdidas a una alimpia, eficiente, rentable y competitiva, poniendo en primera fila las buenas prácticas agrícolas (BPA) y la producción asociativa de compost, humus, lixiviados, caldos minerales, perfectamente alineados con la teoría de la trofobiosis en la que Francis Chauboussou estableció que, en suelos sanos, los cultivos también lo son y las plagas se morirían de hambre.

“Un insecto no tiene el complejo enzimático para alimentarse de una planta sana por lo que debe buscar hortalizas enfermas”, agregó Chaboussou.

En síntesis, la ausencia o escasez de conocimientos sí incide directamente en la productividad. Los bajos rendimientos ocasionan impactos muy serios y graves en el desarrollo social, principalmente porque desaparecen grandes cantidades de puestos de trabajo.

En el caso del maíz, por ejemplo, si se sustituyeran las importaciones se generarían 600.000 puestos de trabajo directos y otros adicionales por las actividades colaterales en los municipios donde estos cultivos se desarrollen.

Se requiere conocimiento al campo, actualización, innovación, reingeniería del agro, aplicación de fincas-escuela para reaprender, incorporando el conocimiento del campesino pero en armonía con los nuevos conocimientos: Biotecnología, germinación protegida, riego localizado, ambientes protegidos y controlados, en fin, tecnología, eso que tanto nos asusta y que es simplemente la suma de los avances del conocimiento rural en los últimos 70 años.