Comentarios Gabriel Jaramillo Sanint

El futuro lo tenemos a la vuelta de la esquina

21 de mayo de 2026
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La Orinoquía tiene 15 millones de hectáreas cultivables. Una oportunidad de esa escala no se aprovecha con instrumentos ordinarios. Por eso Fedesarrollo, en el estudio más riguroso que se haya hecho sobre la región, no habla de políticas graduales sino de un "big push" —un empuje deliberado, coordinado y de dimensión nacional. O entramos en serio, o no entramos.

El referente está al otro lado de la frontera. Mato Grosso era hace veinticinco años lo que la Orinoquía es hoy: suelos ácidos, tierra barata, instituciones débiles. En solo 22 años pasó del peor índice de pobreza de Brasil al mejor. Su recaudo tributario creció más de 40 veces —de US$200 millones a más de US$9.000 millones en 2022— mientras la agroindustria mantenía incentivos fiscales plenos. No hubo costo fiscal: hubo inversión que se multiplicó.

El potencial de la Orinoquía es comparable, y con una ventaja crucial: se puede desarrollar sin deforestar. Los llanos orientales son sabana nativa, no bosque — y a diferencia de todas las fronteras agrícolas existentes, que cargaron con el costo ambiental de su origen, esta se puede construir con trazabilidad climática desde el primer día, como respuesta colombiana a los desafíos del calentamiento global, no como problema adicional. Desarrollar solo dos millones de hectáreas al 2045 generaría un valor presente neto equivalente al 51,2% del PIB de 2023 y hasta 54.000 empleos anuales directos e indirectos. Con el primer millón de hectáreas Colombia eliminaría ese déficit, y ya existe un plan concreto para hacerlo: Soya Maíz Proyecto País.

Para lograrlo hacen falta tres palancas.

Primero, seguridad jurídica sobre la tierra. Sin títulos claros no hay crédito, sin crédito no hay inversión.

Segundo, infraestructura inteligente, no perfecta. Existe un corredor terrestre de 600 kilómetros de Puerto Gaitán a Puerto Carreño bordeando el río Meta. Algunos tramos funcionan todo el año; otros solo cuatro meses. Convertirlos en vía primaria continua —terraplenes con buen manejo de aguas— no requiere décadas de licitaciones. Fedesarrollo calcula que cada kilómetro adicional de vías primarias genera COP 36.000 millones en valor agregado regional.

Tercero, insumos. Los suelos son ácidos y necesitan cal dolomita. Esa cal existe en las cordilleras. Lo que falta es la minería industrializada que la distribuya a escala: las 20 a 30 millones de toneladas que requiere el proyecto no se resuelven con extracción artesanal. Es una decisión de política minera, no un problema técnico.

A esto se suma una ventana de oportunidad que hace un año no existía: la nueva coyuntura venezolana. El río Meta desemboca en el Orinoco en Puerto Carreño. El Meta es navegable ocho meses al año; el Orinoco, todo el año. Por esa ruta se llega al Caribe y al mundo —miles de kilómetros más cerca que por los puertos del Atlántico brasileño. Cuando el río baja de nivel, el corredor terrestre entra en operación: son complementarios. Un acuerdo de navegación comercial podría conectar a la Orinoquía con los mercados internacionales en los primeros seis meses de un nuevo gobierno.

En quinientos años no hemos vuelto a tener esta oportunidad. La pregunta no es si podemos. La pregunta es si tenemos la ambición de intentarlo

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