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A pesar de que en 2016 la inflación estuvo un punto por debajo de la de 2015, el dato no cumplió con el objetivo del Gobierno (entre 2% y 4%). El año pasado esta cifra cerró en 5,75%, mientras que en 2015 lo hizo en 6,77%.

En lo que específicamente nos concierne en Agronegocios, es decir: los alimentos; el fenómeno de El Niño y el dólar caro fueron, en gran medida, determinantes para que el año pasado los precios de estos productos estuvieran por las nubes. No obstante, a mediados de 2016 este fenómeno de alzas se reguló y el comportamiento de los valores mejoró notablemente. El valor de alimentos como el tomate, la papa, el fríjol y la cebolla se estabilizaron y en las plazas de mercado había mayor oferta de productos.

Actualmente, con la reforma tributaria, 48 artículos de origen agropecuario tendrán impuestos, mientras que la canasta familiar no estará gravada por el IVA de 19%. Sin embargo, la especulación de alimentos ya se siente y algunos comerciantes se han justificado diciendo que estas alzas son efectos de la iniciativa fiscal.

Es de no creer que tan solo en Bogotá la diferencia de los precios de las centrales de abastos en comparación con los de las tiendas de barrio y las grandes superficies sea abismal.

En días pasados, LR nos mostraba cómo mientras un kilo de ajo costaba $5.628 en abastos, las grandes superficies lo cobraban a $17.000; o un kilo de papa vendido en una plaza a $1.072 aumentaba el doble de su valor en las tiendas de barrio ($2.000). La pregunta es ¿qué cantidad de este dinero llega al bolsillo del productor?

Los expertos esperan que el abastecimiento aumente entre 3% y 18%, la proyección entonces será que estos productos bajen sus precios. El llamado es entonces no solo a seguir combatiendo la inflación sino también frenar la especulación en los precios de los alimentos. 

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