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En los últimos años se ha venido escuchando una palabra que genera mucha incertidumbre y expectativa en nuestro país por sus implicaciones en la salud humana de los colombianos y en la de nuestros ecosistemas, esta palabra es “Ecotoxicología”.

Aunque a nivel internacional son varias las investigaciones que se han desarrollado en este campo, en Colombia son apenas algunas pocas, las cuales empiezan a revelar una problemática relacionada con los niveles de contaminación presentes en nuestros ecosistemas, amenazando su estabilidad, además de la salud de las poblaciones humanas que obtienen su sustento de los mismos. 

Colombia es un país agrícola y no es un secreto que la gran mayoría de estos cultivos demandan una gran cantidad de agroquímicos, productos químicos que son utilizados de manera amplia a lo largo de todo el proceso productivo. Dentro de estos agroquímicos, son los plaguicidas los que mayor preocupación han generado a nivel internacional, llevando a organizaciones internacionales como la Organización Mundial de la Salud a desarrollar programas como el “International Programme on Chemical Safety”, incluyendo a los plaguicidas por sus riesgos ya comprobados sobre la salud humana y sobre otras especies en los ecosistemas. Este es el caso de los plaguicidas conocidos como neuroactivos, entre los que se destacan los pertenecientes a los grupos de organofosforados, carbamatos y neonicotinoides, los cuales fueron desarrollados como una alternativa a los plaguicidas organoclorados tales como el DDT, incluido en 1995 por el Convenio de Estocolmo en la famosa “dirty docen”, la lista de los doce compuestos persistente más tóxicos y prohibidos a nivel internacional, incluyendo su uso en Colombia. Sin embargo, estos plaguicidas de “nueva generación”, también han mostrado que igualmente son potencialmente tóxicos tanto para las personas como para otros organismos vivos. 

Los neuroactivos tienen su efecto principal en la inhibición de la enzima Acetilcolinesterasa, la cual es fundamental en la sinapsis neuronal, por lo cual su efecto en los insectos es la parálisis del organismo causando su muerte. En los seres humanos sus efectos van desde efectos tóxicos agudos, en los que la persona manifiesta síntomas como espasmos abdominales acompañados de vómito, diarrea, contracciones espasmódicas musculares, hasta taquicardia, afectaciones respiratorias y en algunos casos inducir coma. En exposiciones crónicas, por periodos prolongados de tiempo, puede llegar a presentar afectaciones en la memoria, funciones cognitivas, hasta la muerte por parálisis respiratoria. Para el caso de Colombia, el uso de estos neuroactivos es común en algunos cultivos agrícolas y aunque en algunos casos este uso puede acompañarse por buenas prácticas de manejo de los agroquímicos, queda la duda si la mayoría de las personas que los usan y manipulan están conscientes de su toxicidad. Igualmente, es alarmante la falta de información actual acerca de la presencia y niveles de estos contaminantes en el ambiente y sus efectos sobre la biodiversidad del país. 

Es por ello que la ecotoxicología abre una importante puerta hacia el entendimiento de los efectos dañinos que pueden ser causados por sustancias potencialmente tóxicas como los plaguicidas que ingresan al ambiente, mostrándonos señales de alarma de las posibles rutas que toman estos contaminantes hacia los seres humanos, como por ejemplo en los alimentos.

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