Casa de campo Xavier Becerra Silva

Tilapia, el producto aún inexplorado en el campo

25 de marzo de 2026
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Colombia apenas aprovecha menos de 6% de sus recursos hídricos para esta actividad, mientras que la demanda internacional, especialmente en Estados Unidos, sigue creciendo

Colombia tiene en la tilapia roja una de esas oportunidades que, en el papel, parecen obvias, pero que en la práctica se diluyen entre trabas estructurales y regulatorias. Según cifras de Fenacuacol, el país es líder en producción en América Latina, tiene la genética adecuada, la experiencia y el mercado, pero no logra despegar con la fuerza que podría.

Colombia apenas aprovecha menos de 6% de sus recursos hídricos para esta actividad, mientras que la demanda internacional, especialmente en Estados Unidos, sigue creciendo. Las exportaciones ya alcanzan entre US$150 y US$180 millones, pero podrían multiplicarse hasta cinco o seis veces. Incluso, el sector podría acercarse al nivel del café.

Pero, al igual que ocurre con muchos otros productos del agro y, en general, otros sectores de la economía, hay un muro regulatorio y exceso de trámites que lo impide y genera el mayor cuello de botella.

Un pequeño productor de tilapia debe enfrentar costos y exigencias similares a los de industrias mucho más complejas, como la petrolera, según afirman desde Fenacuacol. Para estos pequeños acuicultores la formalización puede costar más de $25 millones anuales, unos $2 millones al mes, un costo muy elevado para quienes, en algunas ocasiones, no alcanzan a ganar el salario mínimo. El resultado de esto es que cerca de 70% del sector acuícola en Colombia opera en la informalidad.

Así como sucede en todo el mercado laboral del país, esa informalidad limita el acceso a mercados más grandes para la mayoría de productores, e impide mejorar estándares de calidad, invertir en tecnología y consolidar una cadena de valor robusta.

A esto se suma otro problema estructural: la falta de cadena de frío. Sin ella, el país no puede responder plenamente a picos de demanda ni expandirse hacia nuevos mercados.

Esto cobra especial relevancia en estas épocas cuando estamos en vísperas de Semana Santa y el consumo de pescado aumenta entre 30% y 40%, a pesar de que este pico se ha venido moderando en los últimos años.

También se suma un riesgo silencioso: la alta dependencia de insumos importados como el maíz y la soya, que representan hasta 80% de la alimentación de los peces. Con la guerra en Irán en curso, estos productos son los primeros en escasear ante la falta de fertilizantes.

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