El cultivo de maíz en Colombia trasciende su papel productivo: es tejido social, patrimonio cultural y pilar de la seguridad y soberanía alimentaria. Su versatilidad lo sitúa en el centro de cadenas agroalimentarias clave como la alimentación animal (aves, cerdos y peces), la producción de lácteos e incluso de alimentos para mascotas; lo que explica su peso económico y social en las regiones rurales y los mercados nacionales.
Las cifras recientes dan cuenta de esa relevancia. Según estimaciones de Fenalce, en 2025 se sembraron 287.485 hectáreas, para lo cual se requirieron alrededor de 6.500 toneladas de semilla, gran parte de ella importada. Sin embargo, vale la pena resaltar que, aunque Colombia no es centro de origen del maíz, sí es un centro de diversidad importante. Es así como en el Banco de Germoplasma de la Nación para la Alimentación y la Agricultura (BGNAA), administrado por Agrosavia, existen 4.230 accesiones o materiales de maíz conservados, de los cuales el 75% son materiales mejorados o traídos de otros países, y el 25% son maíces nativos y criollos.
Asimismo, actualmente en el ICA hay inscritos 391 materiales de maíz mejorados (87% híbridos y 13% variedades) que cumplen con toda la reglamentación de calidad exigida por esta autoridad. Lo anterior refleja las grandes oportunidades que tenemos para el fortalecimiento y crecimiento de este importante grano y su cadena productiva.
Más allá de las cifras de toneladas, el valor del maíz reside en ser la base de nuestra seguridad alimentaria. El papel de la semilla es ofrecer certidumbre en un sector lleno de variables. Garantizar materiales que respondan a las necesidades del territorio es la forma de blindar la base de la cadena agroalimentaria, permitiendo que el país mantenga su tejido productivo vivo mientras se resuelven los retos del sector
A través de la iniciativa 'Maíz fuerte, país fuerte', una alianza intergremial de la cual Acosemillas forma parte, buscamos visibilizar el valor integral del maíz, desde la semilla hasta el consumidor, y armonizar un lenguaje común que integre innovación, tecnología y comercio, sin desconocer la ancestralidad y la historia de las comunidades productoras.
Desde la perspectiva del sector de semillas, esta iniciativa puso en el centro del diálogo técnico, económico y social a distintos actores y permitió concluir un punto clave: es urgente trabajar unidos en la defensa y construcción colectiva de ciencia, biotecnología y saberes comunitarios. La recuperación y conservación de la diversidad de materiales locales debe ser la base genética para desarrollar nuevos materiales de maíz que respondan a los retos y demandas de los diferentes modelos productivos del país, así como a las necesidades nutricionales de la población y los requerimientos de un entorno cambiante.
Acosemillas subraya que uno de los grandes desafíos a corto y mediano plazo es evitar que el maíz sea instrumentalizado como caballo de batalla en procesos de polarización. Por el contrario, debe convertirse en un puente que una a comunidades indígenas, campesinas y científicas en torno a un bien común: la seguridad alimentaria y la reducción estratégica de la dependencia de importaciones. Esto exige mantener y ampliar espacios de diálogo que unan e involucren permanentemente a los tomadores de decisiones con los actores locales, regionales y nacionales.
La experiencia de “Maíz fuerte, país fuerte” demuestra que las alianzas gremiales pueden germinar y florecer cuando la meta es común. Proteger la diversidad genética, promover la innovación responsable y reconocer la memoria cultural del maíz representan no solo una estrategia productiva, sino una apuesta por un futuro rural más prometedor, inclusivo y soberano.