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Los argentinos, que durante mucho tiempo han sido de los consumidores de carne más voraces del mundo, ya no pueden darse el lujo de comer su propia carne.

El consumo de carne roja en el país ha caído al nivel más bajo en un siglo. Culpemos la inflación local desenfrenada, el insaciable apetito por carne de res en otras partes del mundo que aumenta los precios en casa y, en menor medida, un movimiento reacio hacia proteínas más saludables y más baratas. Es un golpe en el estómago para un país que tradicionalmente ha competido con el vecino Uruguay por el título de carnívoro más grande del mundo per cápita.

La carne menos asequible ha creado lo que el jefe del grupo de la industria cárnica argentina llama “casi un desastre para mi generación”. Además, el nuevo presidente de la nación, Alberto Fernández, cuya labro ya lleva la cicatriz de una reestructuración de la deuda y una economía en necesidad de reactivación, conoce las apuestas políticas. Está buscando poner más límites a los precios en los supermercados para que la carne de res sea asequible nuevamente.

Si la historia sirve de guía, las medidas de intervención también podrían erosionar las ganancias de la ganadería en el sexto rebaño más grande del mundo, lo que llevaría a los agricultores a reducir y limitar los suministros del famoso solomillo y cortes de costillas argentinos justo cuando la demanda mundial alcanza niveles récord.

La limitación de precios es directamente una jugada del partido peronista de Fernández. La carne se convirtió en un aspecto controvertido de una estrategia económica centrada en el consumidor cuando Fernández fungía como jefe de gabinete del fallecido expresidente Néstor Kirchner. En 2006, Kirchner suspendió temporalmente todas las exportaciones de carne para mantener los precios locales bajo control.

En los 12 años que Kirchner y su viuda, Cristina Fernández de Kirchner, ocuparon el cargo, el consumo interno de carne fue alimentado por prohibiciones periódicas de exportación y precios máximos. Pero esas medidas fueron contraproducentes ya que agricultores de las tierras de cultivo pampeanas de Argentina abandonaron el negocio. Los rebaños de ganado disminuyeron y los suministros se redujeron.

La desregulación bajo el predecesor de Fernández, Mauricio Macri, ayudó a la industria a enviar más al extranjero y los rebaños se recuperaron. Si bien más controles podrían ser positivos a nivel político, el alcance del declive y la experiencia pasada sugieren que será tarea difícil que Argentina regrese a su alto consumo de carne.

Si bien el nuevo presidente no ha abordado específicamente las medidas relacionadas con la carne de res, recientemente aumentó los aranceles a la exportación de todos los productos argentinos. En enero, relanzó un programa de congelación de precios en 310 artículos básicos, incluidos algunos productos de carne.

Ahora su administración considera la posibilidad de agregar más cortes de carne al sistema de control de precios en los supermercados, dijo un funcionario del Ministerio de Desarrollo Productivo la semana pasada. Los precios máximos son parte de una estrategia para garantizar el suministro a todos los sectores de la población, dijo la secretaria de Comercio Interior, Paula Español, en un comunicado.

Actualmente, los precios están limitados a cuatro tipos de cortes, lo que permite a carniceros compensar al cobrar más por otros cortes, lo que a su vez permite a los ganaderos recibir precios íntegros de mercado.

Si bien la industria local de carne de res espera que Fernández se abstenga de intervenciones tan dramáticas como las de sus predecesores, el impacto de las medidas implementadas hace más de una década aún persiste en la actualidad, según Miguel Schiariti, presidente del grupo industrial CICCRA.

“Doce años después, solo recuperamos la mitad del ganado que perdimos”, dijo. “Como una casa que derribas con una bola de demolición, los rebaños son fáciles de destruir pero difíciles de reconstruir”.

El año pasado, los argentinos comieron un promedio de 51 kilogramos de carne roja, el nivel más bajo desde 1920, según muestran datos de CICCRA.

La salud es una de las razones del declive. Los restaurantes vegetarianos han brotado en elegantes barrios de Buenos Aires e incluso el mundialmente famoso asador Don Julio ahora ofrece opciones sin carne. Pero para muchos, se trata más de la asequibilidad.

Con una economía a punto de contraerse por tercer año consecutivo, una inflación superior a 50% y un aumento salarial que no iguala los aumentos de precios, la carne roja se está convirtiendo en un lujo más que una necesidad. Los argentinos han pasado al pollo o cerdo en los últimos años.

Un renacimiento de las exportaciones se suma a las presiones de los precios internos, que se dispararon el año pasado en un momento en que el país exportó 831.000 toneladas de carne de res, frente a 199.000 en 2015. La lucha de China por llenar un vacío de proteínas creado por la propagación de la peste porcina africana se está extendiendo por el mercado, elevando la demanda y los precios de exportación a nivel mundial.

Oscar Maradei no ve recuperación en su carnicería. Las ventas tuvieron una caída de 40% el año pasado, una de las peores en sus 36 años dirigiendo su local de esquina al aire libre en Buenos Aires. Compró carne de res a mayoristas a 143 pesos el kilo hace un año. Ahora está pagando 203 pesos ya que los impuestos, los servicios públicos y otros costos siguen siendo altos.

“No es un problema comer menos carne roja”, dijo Maradei, de 63 años. “Es un problema perder poder adquisitivo, ese es el problema”.

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