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La última vez que el mundo se enfrentó a un conflicto global fue en 1939, con la II Guerra Mundial. Entre las enseñanzas que trajo ese período triste de la historia para nuestro país, fue que el Gobierno industrializó el país, porque muchos productos los importábamos y, ante eso, la economía nacional se fortaleció para darle respuesta a las necesidades internas del mercado.

Hoy, la sombra de la guerra se levanta y las consecuencias en un mundo globalizado pueden ser peores. ¿Y qué podemos aprender del pasado? Es necesario que los planes del Gobierno fijen los ojos en el campo. El hecho de que Colombia fuera señalada como una nación que puede sufrir una crisis alimentaria es un campanazo de alerta para no darle la espalda al campo pues sin la población rural sembrando, las ciudades corren el riesgo de desaparecer y con ellas la sociedad entera.

¿Cómo hacer eso? Construyendo vías terciarias de calidad; implementando mercados pequeños o sectorizados que lleguen a las veredas y ciudades; acompañando y entregando de insumos, semillas y fertilizantes, ampliando la oferta de productos y, sobre todo, mucha, pero mucha educación.

Y es que a los pequeños y medianos habitantes rurales se les olvidó ser campesinos. Los que estamos en contacto con el pequeño productor de leche o de papa, vemos cómo en las nuevas generaciones la idea de seguir el ejemplo de abuelos y padres ya no es tan atractiva.

Ser campesino no está en sus proyectos de vida. Y los que no desean irse, desisten porque no ven rentable el trabajo de la tierra. Si eso no se corrige, en pocos años no solo habremos perdido una generación de campesinos, sino que se cerrará por sustracción de materia la despensa agrícola y sabemos que en las ciudades nadie cultiva comida, toda sale de los supermercados. Por eso, hay que volver a lo esencial, volver al campo, antes de que sea muy tarde.