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Para nadie es un secreto que a través de las últimas décadas, las políticas públicas encaminadas a desarrollar y fortalecer el campo han sido fallidas y por eso hoy Colombia, país eminentemente agrícola, con un potencial de 10 millones de hectáreas disponibles, dentro de las que se encuentran áreas no aprovechadas y otras que tradicionalmente han sido utilizadas sin atender una vocación productiva, sigue basando su actividad en la constante solicitud de subsidios.

Pero la discusión no es si los subsidios son buenos o malos, lo clave en este momento es que la cartera de Agricultura en cabeza de Francisco Estupiñán no termine desviando su gestión frente a los múltiples intereses políticos que están detrás de la difícil situación agraria nacional.

El sector necesita un verdadero diagnóstico de los criterios productivos regionales que debe ir acompañado de puntos claves de competitividad, seguridad jurídica, efectividad de la política pública, cobertura de las herramientas, un mayor esfuerzo en los temas de planeación del sector y una mayor articulación de las entidades del Estado para la provisión de bienes públicos.