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Si a partir del próximo año ve más etiquetas de "libre de aceite de palma" en los supermercados, agradézcale a los conductores indonesios, a los negociadores comerciales del presidente Donald Trump y a los cerdos enfermos de China.

El aceite de palma —la grasa roja y semisólida que se usa en todo, desde las pastas y el jabón hasta los amasijos y el lápiz labial— casi nunca ha sido menos atractivo para los fabricantes de bienes al consumidor. No se debe tanto a una campaña ambiental contra un producto al que se culpa por la deforestación en Indonesia y Malasia, sino a los cambios en los mercados de productos básicos motivados por una política comercial de alto nivel.

El precio del aceite de palma está subiendo, por lo que su descuento respecto a los futuros de aceite de soja ha caído de más de US$150 por tonelada métrica hace seis semanas a menos de US$26 por tonelada el viernes. En vista de la manera en que los fondos de cobertura han recortado las apuestas alcistas en el aceite de soja durante las últimas semanas, el diferencial podría convertirse pronto en una prima por primera vez en una década.

Eso es importante porque el aceite de soja y el aceite de palma —y, en Europa, el de canola— son sustitutos cercanos entre sí, y los cambios en un mercado tienden a tener efectos en los tres productos básicos. Para complicar más las cosas, un factor clave para el aceite de soja es el precio del alimento que queda cuando se muele. Esos precios, a su vez, son influenciados por el mercado de ganado, dado que la mayoría de los residuos se utiliza para alimentar a los animales.

Los recientes cambios en los precios tienen diversas causas. En Indonesia, el mayor productor de aceite de palma, el presidente Joko Widodo anunció en agosto planes para aumentar su proporción de biodiésel en el combustible doméstico de 20% a 30% para principios del próximo año. Por tanto, los productores, las refinerías y los operadores están intentando asegurar los suministros, en un mercado que ya se encuentra en sus niveles más apretados en tres años. Como resultado, los precios del contrato de referencia malayo han subido 29% desde principios de octubre.

El aceite de soja tiene el problema opuesto. Gracias a que China ha suspendido las importaciones de semillas oleaginosas de EE.UU. y a la débil demanda de alimento para animales a causa de la peste porcina africana, ni siquiera la devastación de los cultivos por las inundaciones a principios de este año en el Medio Oeste de EE.UU. ha sido suficiente para apretar el mercado al punto en que los precios empiecen a subir. Los volúmenes mucho más altos de aceite de palma producido por cada hectárea cultivada normalmente garantizan que el precio tenga un descuento significativo respecto a la soja y la canola, pero en el caso de la soja eso está a punto de desaparecer.

Si las condiciones actuales persisten, los fabricantes de productos al consumidor pueden pasarse a grasas alternativas, con fotos de orangutanes en las etiquetas como una manera gratuita de teñirse de verde. Pero no se engañe pensando que está salvando el planeta con ese chocolate "amigable con los bosques". El mandato de Widodo para el biocombustible se debe en gran parte al deseo de compensar la demanda perdida a medida que la UE se mueve para eliminar el aceite de palma de su propio biodiésel antes de 2030.

El efecto será un cambio del consumo de biodiésel de palma de Europa —un mercado donde el transporte por carretera está creciendo lentamente y probablemente se electrificará rápidamente—, a Indonesia —donde está creciendo rápidamente y probablemente se electrificará lentamente—. Eso podría empujar la demanda hacia arriba, no hacia abajo. De hecho, si los precios actuales del aceite de palma se mantienen, debemos esperar que más pequeños productores corten y quemen más selvas y turberas tropicales para crear nuevas plantaciones.

La soja tampoco es la mejor amiga del bosque. Si bien la mayor parte de la acumulación es resultado del boicot de China a los cultivos estadounidenses, el mercado de aceite vegetal es casi tan internacional como el de petróleo crudo, y Brasil quiere convertirse en el Arabia Saudita de la soja. Si más aceite de soja va a los productos que antes utilizaban palma, eso en últimas generará más plantaciones de soja en la sabana del Cerrado en Brasil, una actividad indirectamente relacionada con los incendios de la Amazonía este año.

La mejor solución probablemente no sea más guerras comerciales y cambios en los patrones globales de cultivos, sino un mejor uso de la tierra cultivable. La gran ventaja del aceite de palma es que sus rendimientos agrícolas son mayores que los de las semillas oleaginosas alternativas. Su desventaja es que la industria está poco regulada, lo que promueve la deforestación para producir más. Las plantaciones de palma bien manejadas, combinadas con replantaciones para mejorar la productividad de las existentes, pueden ser un método mucho mejor para suplir la demanda del mundo de aceites que incrementar las hectáreas de soja o canola; mal gestionadas, pueden ser peores que el petróleo.

Europa ha estado usando su músculo de importaciones para lisonjar al gobierno brasileño, a fin de que adopte programas de protección de bosques más activos. Aún está por verse la efectividad de ese impulso, pero casi con seguridad es una mejor política que prohibir por completo el comercio. Si se quiere persuadir a los países productores para limpiar el comercio de aceite de palma, prepárense para comprar cosas buenas.

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