Comentarios María Andrea Uscátegui

El maíz, eje de estabilidad social

11 de marzo de 2026
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Para reducir nuestra dependencia, la producción nacional debe ser competitiva. El consumidor y la industria optarán por el maíz de mejor desempeño

Por un momento dejemos de pensar solo en la deliciosa mazamorra o en la arepa de todos los días. En el marco de la iniciativa “Maíz fuerte, país fuerte”, debemos entender que en Colombia el maíz es la columna vertebral de la estabilidad social y económica. Más que un cultivo, es la esencia de la economía rural, proporcionando ingresos a miles de familias y actuando como un estabilizador social que ayuda a arraigar a los agricultores al territorio y a mantener vivo el tejido productivo.

Su verdadera magnitud estratégica se revela en la cadena alimentaria: es la base que garantiza la producción diaria de carnes, huevos y leche, pilares de la dieta nacional. Esta naturaleza -ancla cultural y determinante económico- nos obliga a enfrentar una pregunta crucial: ¿Cómo lograr que nuestra producción local sea lo suficientemente competitiva y tecnificada para estar a la altura de su peso?

Colombia tiene un camino trazado en esta materia. Desde que se inició la siembra de maíz genéticamente modificado (GM) en 2007, el país ha dado pasos hacia la modernización del campo. En 2024, de las 342.966 hectáreas totales de maíz sembradas en el país, 62% correspondió a maíz tecnificado (214.144 ha). Dentro de este segmento de vanguardia, el maíz GM ocupó 131.451 hectáreas, demostrando que más de la mitad de los agricultores tecnificados apuestan por la biotecnología como su principal aliada.

Esta apuesta por la seguridad alimentaria se traduce en resultados contundentes: en 2024, la producción total alcanzó las 1.489.582 toneladas, de las cuales 81% (1.212.488 toneladas) provino del sector tecnificado. Es decir, la tecnología aplicada a la semilla es la que hoy principalmente sostiene la oferta nacional que demandan un grano con estándares de calidad y volúmenes que solo la agricultura de precisión puede proveer.

Colombia consume más de 7 millones de toneladas de maíz al año; nuestra producción local solo cubre una fracción y, por tanto, tiene un inmenso espacio para seguir creciendo. Esta brecha de producción nos obliga a mirar hacia el exterior, con Estados Unidos, Brasil y Argentina como nuestros principales proveedores. Un dato crucial: estos países encabezan la lista de naciones biotecnológicas, con una adopción de semillas genéticamente modificadas (GM) superior a 95%. Su éxito no es coincidencia; es el resultado de haber integrado la ciencia como el motor de su despensa para el mundo.

Es un hecho económico que no podemos suspender las importaciones del grano de la noche a la mañana. No tenemos la capacidad logística actual para sembrar, secar y transformar la cantidad que el país necesita. Reconocer esta limitación es el primer paso para diseñar una estrategia de crecimiento realista donde la semilla sea el punto de partida.

Para reducir nuestra dependencia, la producción nacional debe ser competitiva. El consumidor y la industria optarán por el maíz de mejor desempeño. Es aquí donde la innovación es irrenunciable. Los agricultores colombianos necesitan herramientas que minimicen riesgos climáticos y maximicen rendimientos por hectárea. Desde Agro-Bio, hemos evidenciado cómo las semillas genéticamente modificadas (GM) son esa herramienta, con beneficios tangibles:

  • Rendimientos y eficiencia: La adopción de maíz GM ha resultado en un incremento de rendimientos de entre 15% y 30% en Colombia, optimizando el uso de insumos y mano de obra.
  • Protección del cultivo: Permiten una defensa efectiva contra plagas clave, haciendo que la cosecha sea más segura y rentable.

La tecnología no es un fin, sino el medio para que el maíz colombiano compita con precios y volúmenes internacionales. Esta apuesta por la ciencia debe ir de la mano con el respeto a nuestra herencia. Las semillas criollas son un reservorio genético invaluable. Mantenerlas sanas y seguir investigándolas es crucial, pues su información genética, potenciada por la ciencia moderna, puede ser la clave para enfrentar futuros desafíos climáticos.

Tenemos la posibilidad real de ampliar áreas y aumentar la producción. Requiere una hoja de ruta que impulse la productividad mediante la tecnología. Al hacerlo, aseguramos que cada tonelada de maíz colombiano sea eficiente, rentable y de clase mundial. Si impulsamos la producción con una visión competitiva y científica, no solo fortalecemos al agricultor, sino que blindamos al país. Si el maíz es fuerte y tecnificado, el país es fuerte.

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