Cuando se habla de maíz, casi siempre la conversación empieza en el campo. Y tiene sentido que así sea. El maíz es cultivo, productor, territorio, ruralidad y una parte esencial de nuestra historia alimentaria. Pero en Colombia, el maíz amarillo también tiene otra dimensión que pocas veces se cuenta: es una materia prima estratégica para una industria que trabaja todos los días —muchas veces sin tanta visibilidad— para sostener buena parte de la producción de proteína animal del país.
Me refiero a la industria de alimentos balanceados o de alimentos para animales.
Detrás de un huevo, de una porción de pollo, de cerdo, de pescado, de leche, e incluso del alimento que reciben millones de animales de compañía, hay una cadena productiva que necesita maíz. No como un ingrediente cualquiera, sino como una base energética fundamental para formular dietas animales eficientes, seguras y adecuadas para cada especie.
En una planta de alimentos balanceados para animales, el maíz deja de ser solo un grano. Allí se transforma. Se mezcla con fuentes de proteína, minerales, vitaminas, tecnología, conocimiento técnico y control de calidad para convertirse en nutrición animal especializada. Esa transformación no es menor. Es ciencia aplicada, es industria, es logística, es empleo y es una parte esencial de la seguridad alimentaria.
A veces olvidamos que los alimentos no empiezan en la góndola ni en la mesa. Empiezan mucho antes. Empiezan con la disponibilidad de materias primas; con la capacidad de movilizarlas, transformarlas y convertirlas en alimento seguro y competitivo. Por eso, hablar de maíz amarillo también es hablar de los costos de producción de la proteína animal, de la competitividad de las cadenas pecuarias y del precio final que pagan los consumidores.
La magnitud de la industria de alimentos balanceados para animales ayuda a entender por qué esta conversación es tan importante. En 2025, Colombia produjo cerca de 13,2 millones de toneladas de alimentos balanceados. De esa producción, la avicultura representó 56,1%; la porcicultura, 26,5%; la ganadería, 8%; los alimentos para mascotas, 4,2%; las especies menores, 2,7%; y la acuicultura, 2,5%.
Estas cifras muestran una realidad que a veces no se dimensiona: la industria de alimentos balanceados es transversal. No pertenece a una sola cadena. Está presente en varias actividades productivas que llegan todos los días a los hogares colombianos en forma de huevo, pollo, cerdo, leche, pescado y bienestar para las mascotas.
Esa conexión se ve con claridad en la proteína que produce el país. En 2025, Colombia alcanzó cerca de 1,3 millones de toneladas de huevo, 8.405 millones de litros de leche, 2 millones de toneladas de pollo, 811.000 toneladas de carne bovina, 663.000 toneladas de carne de cerdo y 251.000 toneladas de pescado. Detrás de esos números hay productores, granjas, plantas, técnicos, transportadores, empresarios, trabajadores y consumidores. Y, en buena parte de esa historia, también hay maíz.
El maíz amarillo es hoy el principal macroingrediente importado por la industria. En 2025, las importaciones de macroingredientes llegaron a 10,54 millones de toneladas, y el maíz representó 69,3% de ese volumen, con 7,308 millones de toneladas. Esta cifra no es un detalle estadístico. Es una señal clara de la dependencia que tiene la cadena productora de proteína animal de una materia prima que debe estar disponible de manera suficiente, oportuna y competitiva.
Colombia ha hecho esfuerzos importantes en la producción nacional de maíz, pero todavía no son suficientes frente a la demanda del país. En 2025, la producción nacional fue cercana a 814..000 toneladas en 129.732 hectáreas sembradas. Esa realidad nos obliga a tener una conversación seria, sin simplificaciones y sin falsas disyuntivas.
El país necesita producir más maíz. Necesita mejorar los rendimientos, cerrar brechas de productividad, fortalecer la asistencia técnica, facilitar el acceso a semillas adecuadas, promover la infraestructura, el financiamiento, la asociatividad, y una relación más estrecha entre agricultores e industria. Pero también necesita garantizar el abastecimiento cuando la oferta nacional no alcanza. Si las materias primas escasean o se encarecen, el impacto no se queda en una planta industrial: se traslada al productor pecuario, a las cadenas de proteína y, finalmente, al consumidor.
Por eso creo que la discusión no debe plantearse como una pelea entre la producción nacional y las importaciones. Esa mirada se queda corta. La verdadera pregunta es cómo construimos una cadena más fuerte, capaz de producir más en Colombia y, al mismo tiempo, asegurar el abastecimiento que requiere la industria para operar con estabilidad.
Fortalecer el campo colombiano y garantizar materias primas competitivas no son objetivos opuestos. Son dos condiciones necesarias para una seguridad alimentaria real.
La industria de alimentos balanceados puede ser un puente en esa conversación. Un puente entre el productor agrícola y el productor pecuario. Entre la materia prima y la proteína. Entre el campo, la ciencia, la industria y la mesa. Su papel no se limita a comprar y procesar maíz. También jalona estándares de calidad, moviliza logística, genera empleo, innova, exporta y contribuye a la formalización de cadenas productivas.
El impacto de esta industria va más allá de la formulación de alimento. En 2025, el movimiento logístico asociado al sector representó más de 302.000 viajes entre puertos y las plantas de producción al año, alrededor de 830 viajes diarios, y más de 261.000 contenedores movilizados. Además, las exportaciones de alimentos balanceados y productos relacionados alcanzaron US$114 millones FOB y 49.615 toneladas, llegando a 40 mercados. Allí hay una capacidad industrial colombiana que merece ser reconocida.
También hay empleo. La cadena vinculada a cereales, alimentos balanceados, avicultura, porcicultura, ganadería, acuicultura y procesamiento de carnes genera cerca de 2,3 millones de empleos directos e indirectos. Cuando hablamos de maíz y de alimentos balanceados, hablamos también de familias, regiones, transporte, manufactura, servicios, tecnología y oportunidades.
Por eso, la campaña Maíz Fuerte, País Fuerte es una invitación oportuna. Nos recuerda que el maíz no puede verse como un tema aislado ni como una discusión de coyuntura. Para nuestra industria, un maíz fuerte significa una cadena pecuaria más competitiva, una producción de proteína más estable, empresas con mayor capacidad de crecer y consumidores con mejores posibilidades de acceder a alimentos nutritivos.
Cada grano de maíz que llega a una planta de alimento balanceado tiene una historia que continúa. No termina en el almacenamiento ni en la molienda. Se transforma en nutrición animal, en eficiencia productiva, en proteína, en empleo, en inversión y en bienestar. Se transforma, en últimas, en alimento para Colombia.
Fortalecer el maíz es fortalecer una base silenciosa pero esencial de nuestra seguridad alimentaria. Es reconocer que detrás de la proteína que llega a la mesa hay agricultores, transportadores, formuladores, plantas industriales, técnicos, productores pecuarios y miles de personas que hacen posible que el sistema funcione.
Un país fuerte necesita un campo fuerte, pero también una agroindustria fuerte. Necesita producir más y mejor, transformar con eficiencia y abastecer con responsabilidad. En esa tarea, la industria de alimentos balanceados tiene un papel estratégico: convertir el maíz y otras materias primas en nutrición animal, y con ello contribuir todos los días a alimentar el presente y el futuro de Colombia.
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