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El año pasado la industria avícola en Colombia llegó a unas cifras de crecimiento récord: 2,5 millones de toneladas compuestas por 1,62 toneladas de pollo y 14.606 millones de unidades de huevos, representadas en 876.000 toneladas.

De acuerdo con la revista The Economist, el crecimiento del consumo de pollo no es una casualidad, y tiene mucho que ver con las condiciones que permiten la proliferación de las aves, al punto que, desde 1990, el consumo de esta proteína en los países pertenecientes a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (Ocde) se ha elevado 70%, mientras que el del pollo y la carne permanece casi intacto.

En el artículo titulado "¿Cómo el pollo se convirtió en la carne más popular del primer mundo", la prestigiosa revista económica señala que el negocio del pollo se ha convertido en últimos años en una industria lucrativa que produce a grandes cantidades y vende un producto barato y masivo.

"Miles de pollos se sientan en pilas de su propio excremento, las instalaciones no se limpian hasta que son asesinados, lo que quiere decir que padecen quemaduras por amoniaco y sufren para que les crezcan las plumas", detalla la publicación.

¿Pero por que los consumidores no hacen nada entonces? Por los precios. Tras un ajuste a la inflación, desde 1960 el cambio del costo de una libra de pollo en EE.UU. ha sido apenas de US$1,71 a US$1.92, mientras que una libra de carne de vaca se ha elevado a US$5,78.

Pero esta cultura avícola también tendría una causal social. Según The Economist, en los años 40 se impulsó en EE.UU. una serie de competencias llamadas "Los Pollos del Mañana", cuyo objetivo era producir el ave más carnosa y robusta, que pudiese alimentar a toda una familia, y que a su vez fuese más económica. Y desde entonces, los pollos no han dejado de crecer.

De acuerdo con el artículo, un estudio realizado en la Universidad de Alberta por un grupo de investigadores comandado por Marton Zuidhof comparó especímenes alimentados de forma selectiva en 1957, 1978 y 2005. Lo que los autores encontraron fue que las aves de 56 días pesaban 0,9 kg, 1,8 kg y 4,2 kg respectivamente.

En ese sentido, hoy es más rentable y eficiente engordar una sola ave de gran tamaño que alimentar a dos de talla pequeña. Hoy los granjeros pueden producir un kilogramo de pollo con solo 1,3 kg de grano, mientras que en 1985 necesitaban 2,5 kg de alimento para lograr el mismo resultado.

The Economist señala que la buena fama de la carne de pollo también ha ayudado a que el negocio crezca, pues hace 45 años los doctores empezaron a recomendar remplazar proteinas como la res o el cerdo con pollo a fin de evitar riesgos relacionados con la ingesta de estas dos primeras, como excesos de grasa saturada o cáncer de colón.

Y esta tendencia no solo se ha quedado en el primer mundo. Los países de ingresos medios y los más pobres han replicado este modelo de consumo. Sin embargo, la preferencia regional también afecta el comercio de las diferentes piezas. La revista señala que, mientras en América una pechuga puede llegar a ser 88% más costosa que una pierna pernil, en Indonesia la demanda es inversa, y puede llegar a ser 12% más económica.

Adicionalmente, la influencia de la industria ha llegado a otros niveles, como convertirse en un punto crucial de las negociaciones de los tratados de libre comercio, o en el centro de presiones políticas que pretenden un trato más justo para los animales.

Pero no todo es turbio en esta historia. El articulo señala que, en parte por la mirada caritativa de las nuevas generaciones, y en parte por los bajos precios, hoy en días los consumidores están dispuestos a pagar por carne de aves que hayan sido criadas en mejores condiciones, algo que propicia la venta de una proteína más orgánica y de aves con mejores cuidados.

Esta situación se ha apalancado también con una normativa de respaldo. Desde 2012 la Unión Europea ha tramitado leyes estrictas que propenden por condiciones básicas de salud para las aves, como la prohibición de jaulas para gallinas ponedoras; y en EE.UU, algunas leyes federales también han logrado establecer parámetros más sanos para los animales.

En adición a esto, las compañías también han adaptado sus procesos en torno a una demanda más consciente, al punto que, más de 200 compañías estadounidenses han dejado de comprar desde 2015 huevos provenientes de gallinas enjauladas.

Y esta cadena regresa al productor, al granjero que puede encontrar también valor en un producto orgánico, y no solo en un ave de engorde, y si se logra cambiar esta mentalidad de consumo, también será una industria rentable para la base de la cadena.

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