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Hace unas semanas la Fundación Andi realizó una versión de ‘Vamos Colombia’, un proyecto en el que más de 200 empresas envían a sus colaboradores para aportar a las comunidades Wayú en La Guajira.

Además de que era un momento para que la empresa privada reconociera los problemas más comunes de las rancherías, también fue un escenario para que algunos expusieran sus deseos de entrar en una cadena de autosostenimiento que tiene como base la agricultura.

Aunque para muchos el hecho de que la mayoría de su extensión esté a 1.121 kilómetros sobre el nivel del mar, y por sus zonas desérticas tenga pocas áreas de tierra fértil; las comunidades a través de la Asociación Indígena del Campo, han dicho que quieren participar.

Y es que las comunidades guajiras argumentan que por temas como falta de agua potable y capital semilla tienen problemas para financiar sus proyectos. La pregunta que se hacen entonces algunos empresarios es ¿cuáles proyectos?

La respuesta está en la sal de Manaure, allí, a pocos metros del mar aparecen tierras en las que el cloruro sódico crece como pequeñas montañas, incluso cubren las tierras como un gran tapete blanco que brota del suelo por lo que su pureza se puede comparar con las mejores sales del mundo.

Hoy en día es el sustento para algunas personas que deciden buscar la sal y llevarla hasta ciudades como Riohacha para procesarla, por lo que para una buena cantidad de guajiros puede representar su oportunidad de convertirse en fuertes actores del agro nacional.

De hecho, ya hay algunos grupos organizados que reportan una producción superior a 50.000 toneladas al año. Esto sin duda es una cifra muy significante, tanto como frutas típicas del país como la guanábana, u otras de alto consumo. Si bien estas comunidades son famosas por las artesanías, ahora quieren más.