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En la gran cantidad de diagnósticos que se han ido acumulando, en torno a las razones que podrían explicar el  precario nivel de competitividad internacional de una parte amplia de nuestros productos agropecuarios, frente a países  vecinos, (como Ecuador o Perú), pero igualmente en relación con otros, con circunstancias y ubicación geográfica semejante, - como por ejemplo el hecho de estar en la misma franja ecuatorial-, como Tailandia o Malasia, en el sureste asiático,  se suelen identificar  factores representativos, como la baja provisión de bienes públicos, la falta de infraestructura, el rezago tecnológico y la estrechez crediticia, como algunos de  los elementos mayormente significativos. Y a fe, que lo son. Sin embargo, en ello también cabrían argumentos derivados, no tanto de lo que no se ha hecho bien, como de lo que no se ha sabido aprovechar, teniéndolo. Tal es el caso de aquello relacionado con nuestra condición biodiversa.

Toda una serie de productos y servicios que aunque tienen elementos comunes con los agro negocios en general, poseen ciertas especificidades que  les dan características especiales: Los negocios verdes. Es decir, actividades económicas que generan impactos ambientales positivos y que además incorporan buenas prácticas ambientales, sociales y económicas, con enfoque de ciclo de vida,  que son sostenibles.

Ello constituye una fuente y una potencialidad de grandes proporciones para un país como Colombia, que está considerado uno de los más biodiversos de todo el planeta. En cualquiera de sus categorías y sectores: Bienes y servicios sostenibles provenientes de los recursos naturales; eco productos industriales  y mercados de carbono. Pero en todo esto, en las oportunidades implícitas en producir en forma orgánica, o  en obtener certificaciones de comercio justo, -para hablar a manera de ejemplo, de dos expresiones de valor agregado en comercialización agrícola-,  se requiere además, una auténtica estructura profesional especializada, que supone que el país  se focalice también,  en  la formación de sus cuadros directivos de gestión, que hagan posible identificar y poner en marcha esquemas novedosos de agro negocios. Que vuelvan factible y predecible la inserción en mercados que ya tienen su propia dinámica, que están lejos de estar desabastecidos, y donde los espacios libres tienden a llenarse a gran velocidad.

El país se preocupa con frecuencia, en torno a  la necesidad de generar ventajas competitivas; nos aplicamos a mejorar productividades, incrementar rendimientos, reducir costos, mejorar vías, aumentar la eficiencia portuaria, y multiplicar los tratados de libre comercio. Priorizamos sectores y productos. Tratamos de controlar la tasa de cambio. Pero pocas veces le damos la importancia que merece al factor humano. Resulta motivante que ya haya un esfuerzo en universidades de la región donde se trabaje en ésta dirección, que nos permita pensar que estamos avanzando en la preparación de auténticos “sabuesos” de factores de innovación y de aprovechamiento de oportunidades comerciales en el sector de alimentos, y en general, de productos de origen agropecuario. Que puedan dar indicaciones que nos permitan salir de las cadenas productivas y entrar en las cadenas de valor. Porque sin ellos, sería  mucho más complicado “reverdecer” nuestra oferta exportable.

Casi imposible.