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Pese a que algunos expertos lo desahuciaron y avecinan que su recuperación tardaría más de 20 años y otros más optimistas dicen que está agonizando; estudios académicos revelan que uno de los afluentes más importantes del país comenzó a dar señales de vida.

Cada día toma más fuerza la creencia de que el río Bogotá no tiene salvación y que en él es casi imposible hallar vida; sin embargo existe evidencia científica de que a lo largo de 18 puntos del afluente, especialmente en su curso alto, habitan 30 especiales de aves amenazadas por los cambios climáticos. Entre ellas sobresalen la Tingua o Gallareta Moteada, especie críticamente amenazada en Colombia; el Pato Canadiense o Cerceta Aliazul, migratoria de Norteamérica; y Mosqueritos Guardarríos.

Pero no todo es color de rosa. A medida que avanza el afluente, la calidad del agua se va deteriorando; sin embargo, se ven signos de recuperación en la parte media del curso alto, especialmente en los municipios de Suesca, Gachancipá y Tocancipá.

En otras zonas hay presencia de metales pesados con niveles de plomo y mercurio preocupantes, predominantes especialmente en los municipios con mayor presencia de industria. Por ejemplo, el cromo se percibe en el río a la altura de Villapinzón -donde nace- y en Chía, especialmente en las cercanías de la desembocadura del río Frío.

Esta información es clave para la conservación de la biodiversidad nacional y llama la atención sobre la posibilidad de hacer ecoturismo. Además pone en alerta a las autoridades ambientales ya que el río Bogotá, entre muchas de sus funciones, provee al acueducto de la ciudad en la planta de Tibitoc, la cual se está viendo afectada por la creciente contaminación.

Estos datos también son pertinentes para que las obras que se realicen en el afluente no afecten la vegetación acuática y la avifauna que depende de ella, y para que se restaure con vegetación nativa leñosa su ronda, mejorando las poblaciones de las aves con mayor prioridad de conservación y consolidando una conectividad ecológica a nivel regional.

Además, teniendo en cuenta el amplio uso del afluente por parte de la población, es urgente que la autoridad ambiental ejerza un mayor control sobre los vertimientos, ajustándose a la normatividad vigente para minimizar el impacto sobre el ecosistema.

Finalmente no sobra recordar que no es recomendable consumir productos obtenidos del río como peces y cangrejos que son sacados en cantidades apreciables y que actualmente se comercializan de manera ilegal en algunos municipios del norte de la Sabana de Bogotá.

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