Comentarios María Elisa Monroy

Cuando el clima aprieta, el suelo responde

10 de junio de 2026
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En Colombia solemos hablar del clima y miramos hacia arriba: si hace sol, está despejado o hay nubes. También tenemos los mapas del Ideam, seguimos los boletines sobre El Niño y ajustamos expectativas según las lluvias que llegan o no llegan. Pero hay algo que define qué tan vulnerables somos frente a cualquier fenómeno climático: el estado del suelo.

El Ideam ha advertido reiteradamente que el país enfrenta ciclos cada vez más intensos de sequías, altas temperaturas y lluvias concentradas en algunas regiones, asociados al impacto del cambio climático. Frente a ese escenario, la pregunta no es solo cuánta agua caerá, sino qué capacidad tiene el suelo para capturarla, almacenarla y ponerla a disposición de los cultivos. Ahí empieza y muchas veces termina la resiliencia productiva.

No hablamos del suelo como una abstracción. Hablamos de esa capa viva donde ocurre casi todo lo que sostiene la seguridad alimentaria. La FAO ha sido clara al señalar que la salud del suelo es un factor crítico para la producción de alimentos, la regulación hídrica y la adaptación al cambio climático. Cuando esa estructura se degrada por pérdida de materia orgánica, compactación o erosión, el sistema pierde su capacidad de amortiguar los extremos climáticos. El resultado es conocido por los agricultores: el agua se escurre cuando llueve y falta cuando más se necesita.

En Colombia, la degradación del suelo no es un riesgo futuro, es una realidad presente. Ya lo dijo alguna vez el Ministerio de Ambiente: una parte significativa del territorio presenta algún grado de erosión o deterioro, lo que limita la productividad y aumenta la exposición a eventos climáticos extremos. Esto explica por qué dos predios vecinos, bajo la misma lluvia o sequía, pueden tener resultados radicalmente distintos. La diferencia no está en el pronóstico, está bajo los pies.

La buena noticia es que el suelo se puede recuperar. La evidencia técnica y los resultados en campo muestran que los sistemas que incorporan principios de agricultura regenerativa (como cobertura permanente, labranza mínima, rotación de cultivos y reactivación biológica) logran suelos con mejor estructura, mayor infiltración de agua y mayor estabilidad productiva frente al estrés climático.

Este enfoque, entendido como un sistema integral y basado en resultados, es precisamente el que compañías como Bayer impulsan a nivel global y regional para producir más con menos recursos, restaurando al mismo tiempo los ecosistemas agrícolas.

Desde mi experiencia, la agricultura regenerativa no es una promesa abstracta ni una moda conceptual. Es una ruta técnica que integra innovación, protección de cultivos compatible con la biología del suelo, soluciones biológicas y decisiones agronómicas informadas. Cuando se aplica con rigor, los productores no solo protegen su productividad en el corto plazo, sino que construyen una base más sólida para enfrentar la incertidumbre climática que ya es parte del negocio agrícola.

El desafío es que recuperar un suelo no ocurre de un ciclo a otro, y el clima no da tregua. Por eso, hoy más que nunca, importa cada decisión de manejo: evitar dejar el suelo desnudo, reducir labores que destruyen su estructura, favorecer la vida microbiana y elegir estrategias de protección que no comprometan ese capital invisible. No es la solución completa, pero sí la diferencia entre amplificar el impacto del clima o amortiguarlo.

Colombia tiene agricultores con conocimiento, capacidad de adaptación y vocación productiva. Pero esa capacidad tiene un límite físico que no se puede asegurar ni subsidiar: la condición del suelo. Si queremos hablar en serio de resiliencia climática, productividad y seguridad alimentaria, tenemos que empezar por ahí. Porque, al final, cuando el clima aprieta, el suelo responde. Y la pregunta es si le estamos dando las condiciones para hacerlo.

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